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Crónica de viaje al Sur de Marruecos 2015

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24-05-2020Escribe un comentario

Día 1: Reencuentros en Marrakech

El inicio de una aventura de esta naturaleza es siempre esperado con gran entusiasmo por todos los componentes del grupo. Durante el día de hoy y procedentes desde distintas ciudades: La Coruña, Bilbao, Barcelona, Murcia, Valencia y Madrid, han aterrizado diferentes vuelos con un único destino: Marrakech. 
 
Los que llegamos por la mañana fuimos recibidos por Mustapha en el flamante aeropuerto de Menara, tras esperar la cola de inmigración pudimos finalmente encaminarnos hacia nuestro primer hotel, el Palais Bahja, muy cerquita del aeropuerto. 
Para este itinerario donde el protagonismo se lo lleva las tierras del sureste desértico, hemos elegido este hotel como parada y fonda para continuar rumbo a las montañas por carretera y alcanzar la puerta del desierto, Ouazarzate. En otras ocasiones que llegamos hasta aquí con la intención de visitar en profundidad la ciudad de Marrakech, elegimos un Riad palaciego escondido entre las estrechas callejuelas de la antigua medina en las inmediaciones de la famosa plaza de Jamma Al Afna, el verdadero corazón de la ciudad. 
Para hacer tiempo y esperar a los que aún venían de camino fuimos al centro en nuestros 4x4 y pudimos tomar contacto con la gastronomía del país. 
Los archiconocidos "pinchos morunos" hicieron presencia en la mesa combinados con taliín de cordero, ensaladas y patatas fritas, todo ello en gran abundancia. Una vez hartitos iniciamos nuestra caminata por el zoco. 
El espectáculo de este enorme espacio abierto rodeado de callejuelas laberínticas repletas de todo tipo de tenderetes es impresionante y único. En la plaza, al final de la tarde, se combinan bailarines espontáneos, artistas de todo tipo, encantadores de serpientes, y de carteras ajenas con vendedores zumos, frutas, especies y cacahuetes, maquilladoras de jena, turistas, comerciantes, curiosos y músicos. Un bullicio incesante que viste de chilaba, hijab y sandalia. Vendedores ambulantes de todo tipo de juguetes y cachibaches regatean con tu paciencia mientras tratas de encuadrar una fotografía. Cruce de miradas y sonrisas, bienvenidas, gestos de complicidad y caras simpáticas. Entre el ambiente de humo, vapor, tambores, eslóganes en voz en grito en español de vendedores con divertidos eslóganes y todo tipo de olores y aromas, conversadores improvisados te preguntan tu origen para enlazar un amigable y sencillo intercambio de saludos futbolísticos. 
El grupo a duras penas se mantiene unido entre la muchedumbre, es un lugar apasionante. Alguien ve una terraza en un segundo piso en un gran balcón, "subamos allí y tomemos un té, debe haber una vista maravillosa para hacer una foto del atardecer". Allá que fuimos, un estrecha escalinata empinada daba acceso a un cómodo y recóndito local con una estupenda terraza desde donde se divisaba una perfecta postal de un colorido atardecer presidido por la torre de Coutubia, de la que se dice que es la hermana de la Giralda de Sevilla. 
Después del té y ya caída la noche volvimos a dejarnos ser engullidos por las callejuelas del zoco entre tenderetes de ropa, calzado, juguetes, pasteles, artesania y lámparas. Algunos hicimos nuestras primeras compras llevando a la práctica técnicas de negociación del regateo. Los vendedores aquí son sosegados, tranquilos y apacibles, la gente es muy amigable y se respira un ambiente de cordialidad que contrasta con el bullicio. Era ya la hora de volver al punto de recogida que habíamos concertado con Mustapha y regresar al hotel. 
Mientras Mustapha se acercaba al aeropuerto a recoger a los últimos de Filipinas, acordamos tomar unas narguiles o cachimbas de manzana, aunque nos supieron a anís, mientras comentábamos el itinerario..... de próximos viajes!, además de compartir fotitos y echar unas risas. 

Día 2: Zagora, de camino al desierto.

 
Las siete de la mañana, suena el despertador. Recogida de maleta, desayuno y trámites en el hotel para salir y cargar los tres 4x4, en dos irían 4 personas en cada uno y las maletas, en el otro los cinco restantes. 
 
El sol ya había despuntado hace rato y salimos de la ciudad con musiquita marroquí tranquila y agradable conversación rumbo a levante. Frente a nuestros ojos se elevan majestuosos las estriba iones del Alto Atlas en fuerte contraluz y destellos de las cumbres nevadas. La ciudad se despide de nosotros a lo largo de una avenida arbolada y ajardinada entre un pausado tráfico, atrás queda el bullicio de la plaza mientras nos dirigimos directos al desierto más allá de las montañas. 
Poco a poco nos fuimos aproximando a la zona montañosa y la carretera comienza a serpentear. El paisaje se convierte en una complejidad de lomas y colinas ocres y empedradas, salpicadas de pequeñas poblaciones. 
Hicimos un alto en el camino en un "bar" de carretera, se trata de una cafetería con un mirador donde la visita a los aseos es obligada por naturaleza. Ya tan solo quedaba un poco para llegar a la divisoria de aguas. Reanudamos la marcha y continuamos ascendiendo. No vimos nieve de cerca como pensamos y en el interior de nuestro coche el ambiente era totalmente distendido, tan pronto arreglábamos el mundo, como que nos poníamos a hacer bromas y chistes sobre cualquier absurdez, hablábamos con nuestro conductor, Ismail, o, sencillamente dormíamos. 
Comenzamos el descenso y el paisaje comienza a ser familiar, una sensación de haber estado en este lugar previamente invade a muchos, hasta que, algunos kilómetros después, una gigantesca plaqueta decora la rotonda que da acceso a Ouzarzate, "city of action" reza el letrero, y los estudios cinematográficos se suceden uno tras otro a ambos lados de la carretera. Es uno de los centros de producción cinematográfica más importantes del Magreb y aquí se han rodado películas de todo género y estilo que buscaban una localización árabe. 
En la travesía de ciudad paramos para comprar bebidas y otras chucherías, se trata de una ciudad pujante, limpia y organizada, con sus calles bien asfaltadas, alcantarillado, pavimento, alumbrado y mobiliario urbano dando servicio a unos edificios que, guardando la arquitectura tradicional, estaban en perfecto estado de revista en sus acabados y aspecto externo. Sin duda la industria del cine deja aquí pingües beneficios, y no es para menos, ya que el entorno lo merece. 
 
Tras un rato después de haber reanudado la marcha, una nueva parada nos vivo disfrutar de unas excelentes vistas del Valle del Draa y su denso palmeral a la altura de Agdz. Abandonamos el asfalto y ahora le toca el turno a las pistas de tierra que vamos alternando con tramos de carretera por entre los palmeras y pequeñas aldeas hechas de adobe. 
Pronto llegamos a una gran kasbah, se trata de una construcción fortificada en cierta medida, de adobe y compuesta de varias casas unidas entre sí pegadas unas a otras alrededor de una plaza cuadrada a la que se accede en coche por un estrecho y profundo arco. Uno de los edificios es el hotel Chez Yacob, con un estilo tradicional este hotel dispone de una azotea desde la que se divisa la enorme belleza del valle del Draa y los montes circundantes. Dimos buena cuenta del cous-cous, tallines y pinchos morunos. 
Continuamos el viaje tras una sesión fotográfica intensiva en la kasbah, en la que si no fuera por los cinco o seis modernos todoterreno estacionados en el lugar se diría que estábamos en pleno medievo. Nuestro camino, con alguna parada intermedia más, conduciría hasta Zagora, ciudad que marca el final de esta jornada. 
El mercado aún estaba abierto y las tiendecitas van planteándose que es hora de cerrar. Por fin consigo sacar dinero de un cajero y activar la tarjeta 3G con la ayuda de un señor cliente que sabía español. 
Ahora solo teníamos que hacer tiempo alrededor de una mesa con sus respectivos tes para que los choferes vinieran a por nosotros. En apenas 10 minutos llegamos a nuestro alojamiento, Kasbah Siroco, un coqueto hotel muy bien decorado equilibrando perfectamente la arquitectura tradicional con un reparto de espacios muy practico y una elegancia muy confortable y acogedora. 
 
La cena se sirvió de manera que pudiéramos probar de todo, sopa de enyera, pinchos morunos, taliín y cous-cous. Una de las chicas del grupo nos endulzo el postre con un pastel vasco delicioso, ¡gracias! y nuestra Rosemari del alma presentó un Rua Vieja, declarada como bebida oficial de Amigos en Ruta por los entrañables e históricos momentos que se han vivido alrededor de este licor, ¡gracias!
Una jornada donde el 4x4, el buen ambiente, la ilusión y el humor han sido los protagonistas. Mañana más y mejor. 

Dia 3: Ouzina, a lo largo de la frontera.

 
Las nueve de la mañana y desayunados comenzamos a caminar mientras los conductores acomodaban el equipaje. Subimos a los coches metros más adelante y fuimos observando cómo el paisaje iba cambiando. Mientras nos acercábamos a Trafaout fuimos haciendo paradas en diversos parajes. 

El amplio terreno que se abría ante nuestros ojos era inabarcable, en el horizonte se sucedían cortados de arenisca que marcaban el final de la depresión, el camino se confundía entre un terreno completamente liso y arenoso, lo que permitía a los coches circular en paralelo a gran velocidad dejando tras de nosotros una densa y larga columna de polvo. El cielo estaba completamente despejado y azul y el ambiente del grupo era muy animado así que la jornada prometía. 
 
La llamada autopista del desierto, por su basta extensión en anchura y libre de obstáculos permitía a los conductores circular en paralelo para evitar la columna de polvo. Pudimos hacernos fotos de un coche a otro, parar en mitad de la nada y disfrutar del silencio hasta que se rompía con nuestras carcajadas.
La siguiente parada la hicimos junto a un pozo que estaba siendo acechado por dos burros que se dieron a la fuga en cuanto nos acercamos. Uno de los conductores, Hassan, descolgó el cubo del pozo y lo zarandeó en el fondo donde chapoteaba, para después tirar de la cuerda y hacer ascender el cubo lleno de agua, que la derramó en una palangana que se encontraba junto al pozo. Los burros son de la familia que vive en aquella casa, dijo señalando a lo lejos, se acercan hasta aquí porque tienen sed, concluyó. Aprovechamos para hacernos unas fotos y regresar de nuevo a los coches.
Se acercaba ya la hora de comer y pronto apareció ante nuestros ojos una colina y en su ladera, en un promontorio, una kasbah de adobe rectangular, en mitad de la nada. Una rampa daba acceso al lugar desde el que se divisaba un espectacular paisaje de colinas de diferentes ocres, dunas doradas y planicies áridas. Tras un aperitivo al sol a base de cacahuetes y te, dimos buena cuenta de un suculento almuerzo donde el pollo asado a la braza fue protagonista, acompañado de unas patatas fritas de verdad y una buena conversación animada y divertida que mantenía el grupo entre sí, bastante unido y confortable. 
Reanudamos el viaje encaminados hacia una unión entre dos colinas, cambiamos de valle y el terreno se vuelve más irregular y arenoso por donde seguimos dándole zapatilla a los coches haciendo desaparecer la calma con la que los parajes que atravesábamos nos recibían. 
Un fuerte desnivel arenoso daba acceso al collado y tuvieron que ser varias las intentonas para poder superarlo. Algo que fue festejado por todo el grupo mientras fotografiábamos el momento. Vuelta de nuevo al camino donde nos encontramos de nuevo con una situación similar y aprovechamos para parar de nuevo y hacer unas fotos. Las arena es tan fina que cuesta caminar, pero no evita que empecemos a ver un progresivo cambio en los colores de las dunas y las colinas a medida que el sol va descendiendo. 
Queríamos llegar a tiempo para ver la puesta de sol desde una gran duna cerca de Kasbah Ouzud, así que de nuevo raudos y veloces entre pistas serpenteantes, esquivando montículos y arbustos, regueros y vaguadas que hacían que el coche se fuese continuamente zarandeado de lado a lado y de bote en bote. 
Así transcurrió la tarde hasta llegar a una gran duna que nuestro chofer Hassan, con gran habilidad, remontó faldeando el desnivel y avanzando con deriva trasera. El sol comenzaba a ocultarse tras una hilera de montañas y la duna de fina arena sobre la que caminábamos descalzos cambiaba de color a un naranja intenso. Algunos alcanzamos la cima de la duna con gran esfuerzo y fotografiábamos todo el espectaculos que sucedía a nuestro alrededor. Algunos se sentaron en la arena de belleza del atardecer. No lo tuvieron tan fácil Ismail y Mustapha, este último dejo el coche literalmente encallado en la parte inferior de la duna y tuvieron que tirar de pala para poder sacarlo de allí. 
Ya cayendo definitivamente la noche aún nos quedaban dos kilómetros para ir al albergue y la sensación de saltar por dunas salvando desniveles y superando rampas de todo tipo hizo es verdaderamente sorprendente. Por fin divisamos la típica estructura rectangular de la kashba donde íbamos a pasar la noche. 
El lugar es sencillo pero acogedor, se trata de un edificio de dos alturas que alberga varias zonas alrededor de dos patios interiores comunicados por un hall central, en uno de los patios se disponían las habitaciones y en el otro otras áreas como el comedor, todo decorado al sobrio estilo tradicional beréber, pero muy confortable y auténtico. Tomamos un té alrededor de una mesita circular seguido de unas cervezas antes de cenar. El tallin de pollo y ternera no se hizo esperar tras una sopa finalizando el menú con cous-cous de verdura. Las mandarinas, naranjas y manzanas dieron paso a abrir una de las botellas que entre todos nos habíamos traído en las maletas. Le tocaba el turno a un vodka de fresa, una delicia adquirida hace ya un año durante nuestro viaje a Polonia. El licor duró un asalto y celebramos un brindis por lo bien que lo pasamos en Polonia y lo mucho que estamos disfrutando este viaje. 
Los chicos que atendían la kasbah comenzaron a tocar los instrumentos que había por allí, primero tímidamente y a medida que la gente se fue involucrando, montamos allí un jolgorio muy divertido. Darbukas, timbales, tambores, bombos y platillos que fueron repartidos entre los allí presentes para dar vida a una cacofonía incoherente pero muy divertida. Poco a poco fuimos practicando hasta poder tocar entre todos y con la ayuda de los lugareños alto que otro compás con cierto sentido. Hay que practicar un poco más, pero nos reímos tanto que mereció la pena. 
Anteriormente habíamos acordado vernos s las 6:30h para ver el amanecer, así que aúnque aún era temprano, muchos decidieron irse a la cama a descansar. Ha sido un día lleno de emociones y vivencias inolvidables. 

Día 4: Merzouga, llegada a Erg Chebbi

 
El despertador suena a las ocho y acabamos saliendo de la habitación media hora más tarde para descubrir que mingun componente del grupo habia salido aun. El silencio en todo el albergue estaba presente y los primeros rayos de sol comenzaban ya a calentar. Habiamos quedado a las 9:00 para salir y restaban tan solo diez minutos, y no se oía ni un alma. Ana y yo cruzamos el patio, la sala de recepción y un segundo patio para llegar al comedor. La puerta estaba cerrada, y Ana la empujó levemente esperando que en el comedor todos los componentes del grupo hubieran terminado ya de desayunar y estuvieran listos para la salida sin retrasos.
 
Para sorpresa nuestra, al abrir la puerta tras ella no había más que oscuridad y un silencio absoluto, “bonjour” dijo un empleado que estaba ultimando los preparativos para el desayuno. “Madre mía!”, dijo Ana, “Se han quedado todos dormidos!”, y salió corriendo atravesando el patio para llegar hasta las habitaciones aporreando las puertas, “¡chicos! ¡arriba! que son las 9:00 y salimos ya!”.
La tercera puerta aporreada era la habitación que compartían Toni y Mario, éste último salió entre risas y carcajadas, “¡Ana!, deja de aporrear las puertas, que son las 8:00h!”, y corrió hacia ella para tranquilizar su evidente estado de ansiedad ante el imprevisto. “No, mira mi movil, son las 9!”, insistia Ana a un Mario que seguía riendo ante una Ana sorprendida de que pareciera una situación graciosa. “Mira Ana, mi movil también se ha cambiado de hora, estamos tan cerca de Argelia que el movil marca una hora más, son las 8:00h”. Ana y yo nos quedamos con cara de sorpresa. Efectivamente, el movil creía estar en Argelia y, al tener el cambio de hora automatico, no hizo creer que era una hora más tarde. 
Durante el desayuno fue la mofa generalizada, la broma y la chanza estaban servidas, algunos componentes del grupo no habían comprobado la hora ante la alarma de Ana y recogieron su equipaje en tiempo récord, fue una forma divertida de comenzar un dia donde aún quedaban muchos kilometros por recorrer y muchas experiencias por vivir.
Equipados los tres coches y listos para la salida, nos despedimos de nuestra Kasbah Ouzina y nos encaminamos hacia nuestro destino, Merzouga, enclave mitico del desierto marroquí debído a las hermosas y espectaculares dunas de Erg Chebbi. Nuestra primera parada sería la propia población de Ouzina, una pequeña aldea tradicional, como tantas que hemos atravesado estos días, formada por casas cuadradas de adobe con techo recto y de una sencillez y simpleza absoluta. Sin nada de vegetación y escasez de agua viven varias familias a base de un poco de agricultura, algunas cabezas de ganado y algo de turismo en forma de venta de artesanía y poco más, sin embargo cabe destacar que este tipo de lugares alberga, en todo el mundo, a gentes alegres y trabajadoras, con su cultura y tradiciones que conlleva su identidad propia. 
En esta aldea hay una pequeña madraza o escuela infantil, no es más que una sencilla construcción de cuatro paredes y un techo que en su interior se encuentra un vieja pizarra colgada frente a desvencijados pupitres dispuestos en grupos de cuatro. Dándonos la bienvenida, ilusionados por nuestra visita y que ella supusiera romper la monotonía matutina diaria, habia un total de unos veinte niños y niñas, de edades comprendidas entre los 4 y los 12 años. Unos nos miraban con ilusión entre risas, otros, los más mayorcitos, con vergüenza de ser observados por un grupo de turistas que comenzaba a jugar con ellos. Entre risas y fiestas nos hicimos fotos con los niños, hablamos con ellos con un poco de francés, nos saludabamos, les hacíamos cosquillas y juegos, y en medio de aquel jolgorio pasamos un rato divertido. 
Nos despedimos de los niños y de su profesor, un chico joven que venía a diario desde otro pueblo lejano a sustituir a la profesora titular, que había sido madre. Le dejamos al profesor diverso material escolar que habíamos traído de casa y le agradecimos habernos dado la oportunidad de conocer una parte del dia a dia de este pueblo. 
 
Reanudamos la marcha comentando que algunas niñas llevaban velo, otras no, que los niños y las niñas estaban mezclados y cómo siendo tan pequeñajos ya se defendían un poquito en francés. La ruta a través del desierto uno la imagina entre dunas arenosas en un paisaje repetitivo, pero no es asi, los parajes que se van sucediendo tienen diferentes relieves, tan pronto circulamos por una extensa llanura como de repente el terreno se hace irregular con tramos de piedra, arena, suaves laderas y rampas, arbustos, arboles desperdigados que obligan a un trazado irregular del vehículo sorteando obstáculos, para de repente, quedar nuevamente libre de ellos y circular sin camino alguno, los tres coches en paralelo a cincuenta metros uno de otro, encaminandonos hacia la nada. El terreno se ondula y a toda velocidad ascendemos una rampa de arena que obliga a que nos agarremos fuerte para no golpear la cabeza contra el techo, un descenso, un derrape, nos incorporamos a un camino arenoso que se convierte en una explanada de piedra suelta y así sucesivamente durante kilómetros y kilómetros sin cruzarnos con ni un solo alma. No hay nadie a nuestro alrededor, solo nosotros y la frontera argelina allá hacia el este.
Mustapha nos cuenta que el se crió en el siguiente pueblo, Bagaa, y que el pueblo donde se crió su padre, muy cercano, esta hoy en manos de los argelinos, que invaden la confusa frontera para hacerla avanzar hacia el oeste ante el desconocimiento del gobierno marroquí, o más bien la indiferencia. De cómo los lugareños caen bajo sospecha del propio ejército marroquí que los toma por contrabandistas ante su desconocimiento de que en esa zona tan inhóspita y deshabitada, vive gente. De cómo un amigo suyo tuvo que dar explicaciones a un soldado marroquí para demostrarle que la tumba de su abuelo se encofraba a pocos metros del lugar donde fue detenido y ante la pregunta de qué hacia merodeando por las inmediaciones de la frontera el respondía que su familia vivía aqui mucho antes de que la frontera llegara hasta aquí. Los GPS fallan, de ahí el cambio de hora accidental en el movil, los mapas tambien fallan, y el acuerdo fronterizo es, o inexistente, o impreciso obsoleto, pero los intereses de los argelinos de conseguir algún dia salida al mar, ya sea utilizando al pueblo saharaui o moviendo la frontera hacia el oeste, parecen ser más fuertes que los del gobierno alahuita de defender las tierras beréberes que no aportan nada. Nos cuenta que los beréberes han pedido al rey la construcción de un muro que delimite la frontera o una profunda zanja. Nosotros le contamos la historia de la demarcación de la frontera entre España y Francia y de como, llegado un momento donde habia tecnologia capaz de recorrer esos confines hasta entonces inaccesibles, un cartógrafo de cada nacionalidad acompañados de unidades militares de cada bando hicieron una gran marcha a pie por todo el pirineo colocando hitos fronterizos.
Y entre estas y otras disertaciones, en mitad de la nada de un polvoriento e infinito escenario decidimos parar para hacer un descanso. Poner el pie en ese suelo es como pisar la luna, parece como si nadie nunca hubiera estado aquí, salvo por las rodadas de paso de los vehículos marcadas entre las pequeñas piedras y tierra del árido suelo. Uno no se cansa de hacer fotos aunque el resultado sea algo similar, una combinaciones de colores ocres, amarillos y el azul intenso de un cielo soleado.
 
Retomamos la marcha y alcanzamos Bagaa, una aldea de similares caracteristicas que la anterior, en esta ocasión nos recibe un paisano que había tendido una alfombra y sobre ella varios cojines alrededor de una mesa de te a la sombra de una de las paredes de su humilde casa. El te y los cacahuetes saben deliciosos. Alli charlamos un rato con aquel paisano que conocía a nuestros conductores Hassan, Ismail y Musthapa. Ana les preguntó si tenían pareja o no y la conversación derivó en continuas bromas entre los chicos, las chicas, si uno queria una relación romatica y el otro otro, las chicas jaleaban o se burlaban de uno y o de otro. Es dificil explicar desde estar lineas, sencillamente era estar alli, charlando animadamente de cosas banales y otras veces no tanto, tomando un sencillo te, no se puede pedir más.
Cuando nos disponíamos a despedirnos se acercó hasta nosotros una chica de unos veinticinco años, “Hola! sois españoles?”, se trata de Dolors, una alicantina que decidió venirse hasta este confín, sola, para colaborar con la ayuda humanitaria de pequeña escala. En seguida el grupo se interesó por la vida de aquella joven y su valentía de dedicar su vida a una cuestión tan honesta y honorable. Nos contó que vivía en la casa de una de las chicas del pueblo de su edad y que la acompañaba en ese momento, que enseñaba español e ingles a niños, a quien quisiera aprenderlo y que participaba en pequeños proyectos como gestión de residuos, limpieza de acequias y demás. Había llegado hasta este pueblo al participar en uno de los proyectos que desarrolla Africa Origen y su experiencia fue tan grata que decidió volver. Afirma que debemos visitar estas aldeas porque hay que valorar y aprender de su forma de vida tan diferente a la nuestra. Dice sentirse segura aqui, a pesar de ser joven y mujer, desde que llego a Marruecos no ha tenido ningún problema y que todo lo contrario a lo que se pudiera pensar, ha recibido mucho más de lo que ella ha podido aportar, nos relataba Dolors. Desde aqui todo nuestro respeto y admiración a quien defiende sus ideales con hechos, y especialmente, cuando esos ideales son ayudar a los demás y aprender de quien ayudas. Un abrazo muy fuerte, sabemos que estas en buenas manos ya que tenemos la total certeza que las gentes de Bagaa y de toda la región, son buenas gentes que conservan el instinto de protección y hospitalidad.
Continuamos la marcha a través de un terreno que en su variedad no cambia salvo por el horizonte. Al norte vemos como se recorta unas crestas en forma de ola de tamaño descomunal que reflejan la luz del sol en tonos dorados casi plateados que contrastan fuertemente con el ocre de las colinas y el suelo erosionado. Ascendemos una ladera y al bajar se extiende ante nosotros una lengua de arena fina que forma dunas de unos veinte metros de altura. Sin dudarlo, Mustapha que encabeza la comitiva se dirige a la parte con menos pendiente de la duna y arremete con el 4x4 hacia ella curveando y faldeando, los otros dos coches le siguen y escalamos la duna sin mucha dificultad hasta la cumbre. Estamos en una posición elevada del terreno y permite observar mucho más lejos. Las dunas recortadas en el horizonte se ven ahora más claras en lontananza, es como si la luna se hubiera convertido en polvo y se hubiera estrellado contra la tierra en aquel punto, un trozo de desierto sahariano reposaba allí, lejos, al norte. Se trata de la gran duna de Erg Chebbi. Aprovechamos la parada para hacernos fotos de grupo y disfrutar de tan hermoso paisaje una vez más.
De nuevo a los coches, esta vez el camino estaba marcado, incluso a tramos asfaltado, ya que hubo en la zona, en su dia, unas minas de col, hoy agotadas. Un poco más adelante, el camino se adentra en un pueblo grande de casas de adobe derruidas, el pueblo estaba totalmente abandonado y solo conservaba el techo la mezquita, con la inquietud y la desolación del abandono, como el berlín de el pianista, a todos se nos pasó por la cabeza que algo similar era provocado por guerras que se dan en escenarios de similares caracteristicas. Por suerte no se trata de un conflicto bélico lo que aqui se da, aunque la presencia de un campamento militar en las proximidades sea visible, lo que aqui ocurrió fue que al agotarse la mina, los trabajadores que construyeron este pueblo, se marcharon abandonando el pueblo.
La gran duna de Erg Chebbi era ya visible y destacaba en el paisaje, nos dirigiamos hacia ella directos al pueblo mejor comunicado y más extenso de los que hasta ahora habíamos visto, puesto que hasta aquí llega la carretera que llega hasta Ouazarzate pasando por Erfoud y que sería nuestra ruta de regreso a la civilización. Pero antes de eso, aun quedaba lo más impresionante por vivir.
 
Comimos en el Restaurant Merzouga, una cocina de influencia francesa que disfrutó todo el grupo, no solo de la cocina, sino del wifi, que permitió que todos pudieran actualizar sus perfiles de facebook, twitter, instagram, pinterest, etc. etc. y hasta hacer alguna videollamada, con más o menos éxito. 
Unas chicas alemanas, mochileras, nos pidieron ayuda, habían llegado hasta allí sin nada previsto ni organizado y nos pedían transporte y alojamiento. En estas fechas todo Merzouga esta completo, pero Hassan había estado hablando con un colega suyo momentos antes y le había comentado que había sufrido varias cancelaciones de ultima hora, así que le llamó por teléfono y se presentó allí antes que nuestro grupo hubiera terminado de subirse a los coches. Alli dejamos al conductor de aquel rapido 4x4 charlando con las chicas, una prueba evidente de la cooperación y respeto que existe en esta zona por el sector turístico, la hospitalidad y la atención al visitante. “Es nuestro medio de vida y tenemos que cuidar que nadie viva una experiencia negativa en nuestra casa”, me dijo Hassan más tarde cuando le dije lo rápido que habia reaccionado.
Dejamos atrás el restaurante, que se encontraba fuera del casco urbano de Merzouga, y atravesamos un pueblo periférico de Merzouga, una especie de urbanización sencilla y sobria de arena, paja y agua. Es el pueblo blanco, y aquí, nuestro guía Mustapha está construyendo un Riad de 7 habitaciones que en un futuro estamos convencidos que vendremos a visitar, un poco más y llegamos a una extensión llana cubierta de piedras negras para observar una vista impresionante de Erg Chebbi, hacia el sur las casas y pueblos de Merzouga, todo el este estaba cubierto por la gran capa de arena, una montaña en movimiento, algo descomunal, precioso de ver, aquella belleza que no se puede captar mediante la fotografía.
Recorrimos de nuevo este gran espacio abierto hacia el norte, dejando las arenas a nuestra derecha para finalmente entrar en una legua de arena. Nuestro conductor, Hassan, muy travieso él, comenzó a hacer derrapes y saltos hasta llegar al Albergue du Sud, una kasbah preciosa encarada a los pies de Erg Chebbi decorada al estilo árabe preciosa, una construcción de adobe con patios en el interior y habitaciones enormes con alcobas, doseles y azoteas. Cojines, alfombras, mesitas de te y confrotable, limpio y muy animado. Numerosos viajeros estaban llegando hasta este albergue, uno de los mejores de la zona. Repartimos habitaciones y quedamos para ir a ver el atardecer sobre las dunas que las podíamos tocar con las manos.
El sol comenzaba a ponerse y las dunas se iban tornando en colores rojizos, salimos del recinto atravesando un pequeño campamento de taimas y comenzamos a caminar por la arena, algunos prefirieron sentarse en unas sillas en lo alto de una pequeña duna, otros preferimos avanzar hasta una duna mas alta que había a unos doscientos metros. Desde allí veíamos como a un kilometro habia una gran duna que se elevaba por encima de todas las demás, y en uno de los collados aparecío desde la otra vertiente una columna de dromedarios que avanzaban con un grupo de personas por la cuerda hasta aquella cima. Hicimos fotos en todas direcciones durante un rato, hasta nuestra posición llegaron dos paisanos vendedores de artesania, muy simpáticos y agradables también venian a divertirse entrando al juego de nuestras chanzas y bromas. De pronto vimos el coche de Hassan y el de Mustapha entrando entre las dunas a gran velocidad, sorteando y curveando entre dunas y lomas tratando de alcanzar la cumbre alla a lo lejos. En un principio creímos que estaban jugando, pero lo que realmente estaban haciendo era buscar una ruta que les permitiera alcanzar la parte central de Erg Chebbi donde se encuentra el campamento en el que dormiremos la siguiente noche y al que solo se puede llegar en dromedario. Dos miembros del grupo se mostraban preocupados por ir a lomos de uno de estos animales y ellos querían encontrar una alternativa a sabiendas que las condiciones del terreno superan los limites de estos 4x4.
Regresamos al albergue y nos dispusimos a hacer tiempo charlando con unas cervezas que previamente habíamos comprado en Marrakech a un precio razonable, cosa que aquí es inviable. La cena de buffet estaba deliciosa y fue más que abundante y como no, la fiesta estaba servida, entre los empleados del albergue, los choferes y guías montaron una banda de percusión y cánticos beréberes que animó a todo el publico allí presente y comenzamos a bailar y pasar un rato agradable.
Asi hasta que nos dieron las tantas y cada uno fue yéndose a la cama a dormir, mañana será un nuevo gran día en el desierto. Ya os contaremos.

Día 5: Dunas de Erg Chebbi

 
Comenzamos el día con un desayuno en la zona de la piscina del albergue, a través de los arcos que rodeaban el patio contemplábamos las dunas de Erg Chebbi. Fué un momento mágico. 
 
Hoy la ruta prevista nos daría toda la vuelta a la gran duna comenzando por tomar dirección norte dejando las dunas a nuestra derecha. En esta zona hay más tráfico y de vez en cuando nos cruzábamos con algún coche. Es curioso como los vehículos circulan sin orden ni concierto, sin senda definida en muchos tramos, dado que el terreno es prácticamente llano y con pocos obstáculos, han de circular esquivando las columnas de polvo que van dejando tras de si los demás. Nuestro chofer Ismail va eligiendo el camino sobre la marcha a medida que nos acercamos a una zona de grandes rocas de piedra. 
Se trata de uno de tantos yacimientos fósiles que existen diseminados por todo el Sahara. Algunos comerciantes esperaban allí la llegada de viajeros para vender diferentes piezas de artesania elaboradas con piedras fosilizadas, caracolas, trilobites, algas, y otros restos de este tipo, lo curioso es que son pruebas fehacientes de que todo esté basto territorio fue hace miles de años fondo marino y emergió con el lento movimiento de la corteza terrestre naciendo así el desierto que hoy estamos viendo. 
Retomamos los coches y continuamos nuestra andadura bordeando Erg Chebbi, para ello tomamos rumbo sureste, pues habíamos dejado atrás el extremo norte de la gran duna. 
El terreno arenoso comienza a ondularse y aparece ante nosotros un desnivel en descenso, los coches se detienen al borde y admiramos una depresión trasversal con forma de cauce torrencial y un palmeral junto a una pequeña aldea que ha sido localización cinematográfica. Dimos un pequeño paseo haciendo fotos y devolviendo el saludo a varios paisanos que salieron de sus casas ante nuestra llegada. Los coches cruzaron el cauce seco y volvimos a bordo hacia el siguiente punto. 
De nuevo, encaminados ya hacia el sur y con la gran duna en lontananza a nuestra derecha como referencia, el terreno volvió a ser de nuevo prácticamente llano y liso, permitiendo la circulación en paralelo y tomar unas estupendas fotografías y vídeos de los coches rodando a toda velocidad como si estuviéramos en pleno París-Dakar. 
En mitad de la nada nos detuvimos junto a una solitaria haima hecha de alfombras y varios palos de madera junto a un pequeño y rudimentario cubiculo de adobe del tamaño de un ascensor que servía de cocina. Un burro permanecía amarrado junto a un crío que jugaba con un balón de goma. Es todo lo que tiene la señora que vive ahí, en plena soledad tras haber sido expulsada por su marido quien le impide contacto alguno con sus dos propias hijas. Ella es conocida por los guías locales y habitantes de la zona quienes la asisten en la medida de lo posible. Mustapha y Hassan, que conocen al marido y le describen como mala persona, lograron convencerle un día para que permitiera llevar a las dos hijas junto a su madre al menos por un día. Sin duda una historia conmovedora de la que se interpreta una evolución progresiva de las costumbres locales con respecto a la mujer: algunos mayores siguen viendo normal el destierro y el abandono mientras que los jóvenes sienten indignación por este tipo de situaciones. 
La señora nos preparó un té que acompañamos con cacahuetes. Acordamos dar una pequeña donación económica a aquella señora que lo agradeció tan profundamente que nos emocionó. 
Nos despedimos y seguimos la marcha hacia el sur. El sol del mediodía iluminaba las dunas a nuestra derecha ofreciéndonos un espectáculo continuo. Rebasamos el extremo sur y nos encaminamos rumbo noroeste. Pronto llegamos a un lugar donde se elevaba el terreno, una gran colina de color grisáceo se elevaba ante nosotros. Un camino de gran pendiente buscaba su cima, abandonamos el collado y, con gran sorpresa, encaramos esa fuerte rampa. Enseguida estábamos circulando por un terreno escarpado junto a un barranco hacia una punta que, en forma de proa, tenía la ladera ofreciéndonos un escelente balcón desde el que contemplar las dunas. 
Allí mismo varios comerciantes de minerales tenían dispuestos varios tenderetes rudimentarios y ofrecían todo tipo de piezas de Artesania o peculiaridades como rosas del desierto y piedras huecas con el interior cristalizado. 
Al continuar nuestro camino, ya en dirección norte, entramos en la zona de influencia de Merzouga y nos detuvimos en un hotel-kasbah a comprar algunas cervezas, que nos salieron a 3 euros por lata, y unos frutos secos para pasar la tarde. 
En un corto trayecto llegamos de nuevo al Auberge du Sud para comer, después de la ensalada de rigor, nos sirvieron una empanada de carne con cebolla excelente, hecha al horno, lo que ellos denominaban curiosamente pizza. 
Después de comer regresamos hacia los coches para ir hasta, lo que llamábamos en broma, The Camel Station, una explanada a un kilómetro al norte del hotel en donde numerosos dromedarios con sus dromedarieros esperaban la llegada de viajeros para ser conducidos hasta el albergue en mitad de las dunas. 
Bajamos de los coches cada uno con su mochila para pasar la noche en mitad de una zona totalmente inhóspita con servicios totalmente básicos. 
Los dromedarios permanecían recostados sobre la arena mientras los cuidadores distribuían a los pasajeros en ellos, una vez que cada uno teníamos el nuestro procedimos a la complicada tarea de subirnos en ellos. Bastaba con subirse a horcajadas sobre la montura que estaba a una altura aceptable mientras que el animal se mantuviera en esa postura. Al levantarse, el dromedario primero planta las rodillas de las patas delanteras, lo que te empuja hacia adelante y tienes que sujetarte para no caer hacia atrás, inmediatamente después incorpora la grupa casi de un salto que te lanza hacia adelante como no te agarres y por ultimo se incorpora de los cuartos delanteros en un vaivén que provoca momentos de tensión. Una vez en lo alto del dromedario impresiona la altura del animal, muy superior a la de un caballo, cuando se mueve o se desplaza uno siente cierta inseguridad al no tener el control del movimiento. Los cuidadores, conductores o dromedadieros, llevan las cabalgaduras unidas una a otra mediante correas que van del bocado a la cincha de la montura uniendo hasta diez unidades, la correa que sujeta el bocado del primer dromedario la lleva el conductor de la mano quien dirige la fila a pie. 
El comportamiento de los animales, olisqueando cada uno al jinete que lleva delante, tanto en parada, como en la marcha, origina diversas bromas. Al alcance de la mano queda la cabeza del dromedario que va detrás tuyo. Antes de iniciar la marcha, es momento para hacernos fotos unos a otros, pero es difícil, porque los movimientos impredecibles del animal, aunque lentos y pausados, no te recomiendan soltar las dos manos del agarre en forma de manillar de hierro que sale de la parte frontal de la silla. El hecho de no llevar riendas ni estribos también aporta una sensación de vulnerabilidad y de falta de puntos de apoyo. 
Iniciamos la marcha y nos alejamos de la "Camel Statiom" a través de una senda entre dunas marcada por numerosas pisadas y rodadas en la arena. Pronto empezamos a navegar en un mar de dunas, crestas y valles, la orientación es compleja de no ser por las pisadas en la arena. Al fondo surge un coche entre la arena, intenta remontar una cresta y no la alcanza, gira, vuelve atrás y lo vuelve a intentar. Iniciamos una bajada y lo perdemos de vista. Surge otra fila de camellos a pocos metros. Nos metemos en un valle y los perdemos de vista. 
El paso es lento y monótono, en llano y en ascenso el movimiento de la montura es suave y acompasado, pero en las rampas hacia abajo es inestable, arrítmico e incómodo, ya que tienes que aplicar un poco de fuerza sobre el agarre para echar tu peso hacia atrás y no caer a la nuca del animal que avanza tropezando y resbalando en la arena blanda y suelta del cresterio de la duna. 
Ahora si que admiramos un paisaje propio del desierto de arena y dunas, el sol de la tarde aún nos pega fuerte desde la derecha y se agracede la sombra de las dunas más grandes que aparecen a nuestro lento paso, el color ocre, amarillo y dorado es hipnotizante y las curvas sinuosas de las crestas, ascendentes, descendentes, suaves rampas en curva, líneas perfectamente paralelas que labra la suave brisa, pequeñas huellas correteando por aquí y alguna que otra por allá de algún pequeño roedor, la absoluta ausencia de vegetación, innumerables detalles en un paraje único y asombroso. 
Durante una hora estuvimos cabalgando hasta llegar al campamento, a los pies de una descomunal duna se abría una llanura en la que podíamos ver el campamento como un conjunto de haimas hechas de tela y alfombra con forma cuadrada y dispuestas alrededor de una placita central en la que ardía una hoguera y algunos huéspedes permanecían relajados tomando te entre sillas, colinas y alfombras que ocultaban la arena. 
Estaba ya a punto de anochecer y la fila de dromedarios se detiene en uno de los pequeños collados que rodean el campamento a unos doscientos metros, el conductor nos avisa que nos agarremos, va a sentar a los dromedarios, nuevamente el vaivén hacia adelante y hacia atrás hasta que el animal queda con la panza sobre la arena. Se terminó la travesía por el desierto. Nos despedimos de los dos conductores que habían venido con nosotros y nos dividimos, algunos prefieron ir directamente al campamento y otros decidimos recorrer la cresta que desde este lugar se iniciaba y alcanzaba una cumbre que veíamos a unos doscientos metros de desnivel que recortaba el horizonte iluminado por la inminente puesta de sol y en la que se veían las siluetas de otros viajeros que habían alcanzado esa posición perfecta para observar tamaño espectáculo. 
Opte por la caminata, a pesar de que las distancias son difíciles de calcular a falta de referencias visuales, salvó el tamaño de las siluetas, pensamos que no nos llevaría mucho tiempo alcanzar la cima y que llegaríamos a tiempo. Empezamos a dudar en la primera cuesta, sobre la cresta, esta tomaba una pendiente fuerte de arena blanda que hacia que el pie se hundiera hasta el gemelo en cada paso haciendo el avance penoso y lento. Alcanzamos una nueva cresta que continuaba llameando y paramos a darnos un respiro, pensamos que igual no nos daba tiempo, y que mientras no perdiéramos de vista el campamento, allá abajo, estaríamos seguros de no perdernos. Continuamos avanzando y para nuestra alegría, la arena estaba dura, pisabas y se te hundía el pie como cuando se camina por una playa, en otros tramos ni eso, sólo se hundía la planta de la zapatilla si ponías el pie plano sobre el suelo, y así, poco a poco íbamos tomando altura y la cumbre se veía por fin más cerca. 
La pendiente se suaviza y ya tan solo nos quedan cien metros por recorrer hasta alcanzar la cresta que conduce a la cumbre, vemos que perdemos de vista el campamento pero que es evidente el gran hueco sobre el que descansa. Observamos que la línea recta entre la cima y el campamento es una única ladera de fortísima pendiente, casi una pared, parecía que de tropezar, caerías por la lardera directo al campamento. 
Caminar por la estrecha cresta era impresionante, a nuestra izquierda la olla del campamento y a nuestra derecha, otra gran ladera salvaba un gran desnivel hacia un espectacular paisaje de dunas bañadas por un rojizo sol que comenzaba a lamer el horizonte. Es un momento mágico, nos sentamos sobre la arena a contemplar en silencio el paso del tiempo sobre este bello lugar recóndito, inhóspito y único. Las arenas del desierto se tornaron rojizas, las sombras se proyectaban formando sinuosas formas de paralelismo perfecto en su caos ordenado. A medida que el sol se hundía, los colores se hacían más intensos si cabe, el cielo despejado reflejaba el color de las arenas que parecían arder en llamar para poco a poco, apagarse como el final de una lluvia. El último cuarto del disco solar desapareció en tan solo breves segundos dejando un paisaje mudo, silencioso, comenzando a palidecerse y sumirse lentamente en el sueño profundo de la noche. 
Salimos de nuestro trance y decidimos como regresar al,campamento entre tres teorías, una, volver por donde habíamos venido, esto suponía atravesar algunos collados y superar dos o tres crestas, podríamos perder referencias; otra, descender la cresta de la cumbre hacia el sur y alcanzar un collado que parecía estar a la misma altura del campamento, pero habría que rodear la gran duna y perder de vista el campamento; otra, ir en línea recta, a capón, descendiendo la ladera de más de doscientos metros de altura con un desnivel casi vertical. Optamos por esta última, la más vertiginosa pero más segura, era imposible caer y rodar por la poca consistencia de la arena y no perderíamos de vista la referencia. Nos descalzamos para sentir la fría arena en nuestros pies y, con gran sorpresa, descubrimos lo tremendamente fácil que era caminar, y lo divertido que fue. 
Como auténticos críos descendimos la ladera, algunos corriendo incluso, ya que al hincar el talón el pie se hundía por encima del tobillo y la arena resbalaba hacia abajo casi un metro, era como si en cada paso hicieras tu propio, y ergonómicamente perfecto peldaño que descendía como escalera mecánica, avanzando tres pasos en cada paso, un sensación extraña que combinaba el efecto óptico de vértigo con la seguridad latente de la arena blanda y moldeable que te entregaba amigablemente a la base de la montaña. 
Parábamos de vez en cuando a reírnos sorprendidos por el curioso efecto, en una gran descarga de endorfinas, aún así la pared se inclinaba más todavía, poco a poco se fue endureciendo y suavizando. Habíamos alcanzado el nivel del campamento y ya podíamos oler el te calentito que nos esperaba. Un vistazo atrás nos mostraba la gran mole de arena que habíamos descendido en apenas cinco minutos, y que nos hubiera llevado casi una hora volver a hacer cumbre, de haber habido remonte en telesilla, hubiéramos subido sin dudarlo. 
Reunidos ya al resto del grupo, aún no habían ido a ver las haimas, la sencillez de las mismas había provocado alguna que otra inquietud sobre la comodidad de la que podríamos disfrutar de esta noche, la cual iba a ser escasa, pero cuando el grupo descubrió que nuestras haimas estaban equipadas de maravilla se llevaron una grata sorpresa. Disponíamos de cinco haimas de lujo las cuales eran tiendas e de campaña de tela y alfombra de forma cuadrada y estructura metálica, en el interior había un espacio diáfano, a excepción de las camas, de unos ocho metros cuadrados y dos de altura, tras una puerta cada una de ellas tenía la tradicional distribución del baño, en el centro el lavabo, de obra y prácticamente nuevo, a la derecha el inodoro y a la izquierda la ducha, todo perfectamente limpio y libre de polvo o arena. Lo único que echaríamos en falta sería la calefacción, pero ya sabíamos que deberíamos dormir bien abrigados. 
La noche había caído y la luna se resistiría en salir, de modo que la noche era muy cerrada. El campamento estaba acertadamente iluminado con suave luz eléctrica, fuimos a la placita central en la que servían te alrededor de una hoguera entre tenderetes, alfombras, cojines, mesitas, muy confortable, ideal para tomar unos cacahuetes acompañados de te y de cerveza que habíamos traído. 
La cena se dio en una tienda ideada al efecto, decorada con todo lujo de detalles y calefactada, con sus mesas y sus sillas y demás, todo tan bien pensado que no pareciera que estuvieras dentro de una tienda de campaña, parecía lo contrario: un restaurante de hotel decorado para parecer una tienda de campaña. 
Lo impresionante de todo es que estábamos en pleno desierto de arena, bajo una gran duna, rodeado de otras más pequeñas, y alejados de la mano de dios, donde Cristo perdió la zapatilla, sin cobertura, sin conexión wifi, ni nada. 
Los demás huéspedes del campamento eran casi todos jóvenes españoles y franceses en diferentes grupos de viaje, junto con los conductores y guías que habían venido más los empleados del campamento, todos funcionando hombro con hombro para dar servicio y crear un ambiente memorable y una experiencia única, comenzaron a tocar alrededor de la hoguera timbales, tambores, darbucas y guitarras, palmas y cánticos rítmicos y divertidos, alegres y espontáneos, bailábamos, tomamos te y disfrutamos de una velada en el desierto maravillosa. 
Alguien pidió apagar la luz eléctrica que, aún siendo suave, atenuaba la luz de las estrellas, y todos nos unimos a una voz de entusiasmo cuando quedamos envueltos en una oscuridad rota por las estrellas, constelaciones y nebulosas perfectamente visibles en la cúpula celeste marcada de lado a lado por la vía láctea. Pudimos repasar algunas de las constelaciones con una aplicación de móvil pasando así un momento muy interesante. 
Al rato, sentados alrededor del fuego y cantando canciones, el cielo se fue iluminando poco a poco, las estrellas comenzaron a apagarse y la gran loma que habíamos descendido se recortaba en el cielo. Estaba amaneciendo la luna.
Por el este y sobre la cima de una duna apareció un punto blanco brillante, en pocos segundos creció y creció hasta aparecer la luna en cuatro creciente iluminando todo el valle. Fue un amanecer lunar espectacular. 
El fuego se fue consumiendo y el sueño nos empezaba a atacar, era hora de irse a la cama, vestirse todo lo que uno pudiera y hacer frente a las temperaturas de cinco grados de la manera más honesta posible, y dar por terminado una jornada de desierto que merece, en sí misma, toda la expedición al completo. 

Día 6: Sáhara en Nochevieja

Los despertadores suenan minutos antes del amanecer, como estaba planeado, nos vestimos rápido y salimos de nuestras haimas avisando a los demás. Aún la noche estaba cerrada y algunos pedían algo de luz para poder colocar las cosas y disponerse a salir. El plan previsto era caminar ascendiendo la duna orientada al este y alcanzar un punto panorámico para contemplar un nuevo amanecer sobre el Erg.

Todos los inquilinos del campamento fuimos caminando penosamente por las cuestas de arena blanda, un par de cuestas, dos o tres crestas, algún llano de arena más dura y finalmente apareció ante nosotros el horizonte del levante que arrojaba ya un fulgor anaranjado. De entre la oscuridad comenzaron a brillar las crestas de un mar de dunas como la superficie de un mar tormentoso convertido en arena por algún hechizo caprichoso, éstas proyectaban largas sombras entre las dunas que pasaban de un color pálido grisáceo a un rojo intenso. Es como estar en la cima del mundo más remoto, lejano y silencioso. Un perro correteaba entre las cimas de las dunas más grandes donde los observadores del amanecer permanecían atentos al astro rey, cuando llegó a nuestra altura, se sentó a nuestro lado, jadeando, meneó el rabo divertido y continuó correteando.


En breves minutos apareció de entre las dunas el fulgor amarillo casi blanco de la esfera solar iluminando por completo el paisaje con más intensidad a la vez que iba apareciendo poco a poco por completo. Los rayos directos calentaban la cara y el intenso frío de la noche huyó ante la llegada de un nuevo día. Contentos y radiantes, regresamos sobre nuestros pasos hacia el campamento dispuestos a tomar el desayuno.

Un buffet de tortitas con mermelada, bollitos, yogurt, té y zumos dió paso a acudir de nuevo a los dromedarios para el paseo de vuelta al Albergue du Sud, en la orilla noroeste del Erg. Los cuidadores habían dispuesto a los animales en círculos concéntricos en el interior de un pequeño valle entre dos dunas y habían pasado la noche allí, a la intemperie. Nos asignaron de nuevo nuestras monturas, y ya, con más seguridad en nosotros mismos, nos acomodamos en las sillas de montar. Es, de nuevo, un paseo agradable, y volvemos a disfrutar de la magia del desierto al pausado y lento ritmo del caminar acompasado del dromedario.
Llegamos a la “Camel Station” donde numerosas filas de dromedarios y cuidadores llegaban haciendo sentar a los animales para que los viajeros pudieran abordar los todoterreno que estaban esperando. Algunos componentes del grupo que habían decidido regresar en el jeep nos esperaban tomando el sol en plan “momento zen”. Colocamos nuestros enseres en los coches y nos fuimos directos a Rissani, una población cercana a Erfoud, de unos treinta mil habitantes y que fue en su día una ciudad importante al estar ubicada en un cruce de caminos de grandes rutas comerciales de antaño que unían el norte con el sur. Hoy en día conserva su popular y enorme mercado dos veces por semana donde se puede encontrar de todo, además de ser importante centro comercial de burros, ganado bovino y derivados como el cuero y artesanía de todo tipo. 
Nos sumergimos a lo largo y ancho del mercado después de haber abordado una tienda de textiles y salir de allí todos equipados con turbantes y chilabas que usaríamos en la fiesta de nochevieja. Un mar de calles hechas de tenderetes de todo tipo, alimentación, carnes, pescados, pieles, especias, frutos secos, dulces, calzado, juguetes, utensilios, herramientas y artesanía, por decir algunas, ocupaban nuestra atención y el objetivo de nuestra cámaras que no paraban de capturar escenas pintorescas propias de antaño. Junto al mercado, una gran explanada servía de parking de burros, y casi todas las casas aledañas cobijaban pequeños comercios donde los dueños, a sus puertas, nos invitaban continuamente a que pasáramos a “solo ver” el interior. La artesanía era nuestra debilidad y acabamos comprando cositas, no sin antes el ritual del regateo, que en lugar de ser de confrontación y brusco, como es la costumbre turca, por ejemplo, los marroquies tratan de ganarse tu confianza de manera amigable. El truco consiste en decidir tu mismo a tus adentros la cantidad que estás dispuesto a pagar por lo que tienes entremanos, preguntar el precio y ofrecer una cantidad inferior a la que tu mismo te has marcado. Si tras un rato de conversación, el vendedor continua pidiendo una cantidad superior a la que tu te has marcado como tope, solo basta con despedirse amablemente. Si el vendedor tiene su mínimo por debajo de tu tope, acabará abordandote en la calle aceptando el trato, y siempre lo hará con una sonrisa amable, porque nunca venderá para perder, y tu, al equilibrar tu tope con tu interés por articulo, sabrás que has comprado a un precio justo. Un error es querer regatear para comprar muy barato, o más barato que el compañero del grupo. Si los precios que habeis pagado por el mismo articulo son diferentes, es porque vuestro interés en el articulo era diferentes, no que vuestra habilidad fuera mayor o menor.
La zona del mercado dedicada a la compraventa de ganado bovino estaba profundamente sumida en un intenso olor a cordero, algunos lo sentían como desagradable, pero a otros nos recordaba al aroma de la carne asada de cordero lechal. Mientras unos sentían ternura por los corderillos que había por allí, a otros nos entraba hambre, “Pero qué desalmados!” decían entre risas las chicas del grupo. El lugar era una explanada donde se mezclaban vendedores y compradores acordando precios en animadas negociaciones y la mercancía que no paraba de balar formando una muchedumbre caótica. No puedes comprar un lechal si no compras la madre, curiosamente. Continuamos y en un estrecho callejón lleno de mercancía una tiendecita abarrotada de artesanía de plata, bronce, y otros metales disponía unas pequeñas sillas y una mesita con té, allí descansamos mientras algunos compraban anillos y colgantes.
Regresamos al Albergue en los todoterreno. Estábamos cansados ya que con la charla nocturna de anoche alrededor del fuego, el frío de la tienda y el madrugón para ver el amanecer entre tiritonas nos mantenía algo cansados y aturdidos, así que tras la comida, servida junto a la piscina, nos tomamos la tarde libre hasta las siete de la tarde donde daría comienzo la cena buffet de nochevieja. Probamos si era posible el baño en la piscina, ya que por la noche hace mucho frío, pero cuando el sol esta en lo alto la temperatura es más que agradable. Chapuzón y tan pronto como se entra, a salir despavoridos de las aguas gélidas, una lástima!. Algunos descansaron en sus habitaciones, otros fueron a la zona wifi acompañados de te y cacahuetes, y otros decidieron contratar la excursión en quad por las dunas. Volvieron encantados del subidón de adrenalina, nos contaron que habían realizado un recorrido circular por las dunas, crestas, rampas y faldas arenosas y que uno de ellos realizó una maniobra a dos ruedas de la que venía emocionado. ¡Extensión!, decía entre risas.
El Albergue estaba en todo su apogeo previo a la fiesta, se encontraba totalmente engalanado y decorado, con un estilo beréber y una elegancia de cortinas, cojines, juego del luces, alfombras y mobiliario digno de un hotel de lujo pero sin perder la autenticidad de ser una construcción de adobe en pleno desierto en mitad de la nada. Habían colocado ante las grandiosas puertas del albergue un conjunto de alfrombras rodeando un fuego central, y rodeándolo, una serie de haimas abiertas por la cara que daba al centro, con mesas y sillas para tomar algo después de la comida y una zona para los músicos. En el interior del albergue había dos comedores elegantemente decorados para la ocasión que se iban llenando poco a poco de todos los inquilinos que allí estaban alojados y de muchos otros que venían para la ocasión. El Albergue estaba completo y el ambiente de la fiesta estaba asegurado. Nosotros teníamos preparado el reservado y ultimamos detalles colocando en cada plato una bolsita regalo que incluía un benjamín de cava de tamaño medio, su correspondiente copa, bombones y una lata de 12 uvas peladas en almíbar.
Fuimos apareciendo los componentes del grupo luciendo galas acordes al lugar, fue muy divertido utilizar chilabas, turbantes, pañuelos y demás, parecíamos auténticos beréberes. Al grupo le hizo tanta ilusión la sorpresa del cava y las uvas que no pudimos esperar a terminar la cena para brindar. Se abrió una botella de vino que nos la bebimos entre todos, ¡santo vino que bueno estaba!, ¡gracias Toni!. La cena de buffet combinaba numerosos platos de la gastronomía popular de la cocina sureña marroquí, que se ve influenciada por la cocina colonial afrancesada y la tradicional tuareg, maliense y árabe. Tras la cena se abrieron botellas de licor que los componentes del grupo habían traído para compartir, especialmente los gallegos, que se habían propuesto que cogieramos todos una buena cogorza, además de turrones y bombones.
Alegres y contentos, salimos a la hoguera exterior donde un grupo de música proveniente del valle del Dráha con influencias del rhythm and blues y ritmos bereberes. Allí nos mezclamos con los espectadores del grupo musical entre tragos de aguardiente y bailoteos al ritmo de la música, haciendo tiempo para la llegada de la medianoche. Acordamos hacer la ceremonia de las uvas al mismo tiempo que nuestros compatriotas en España, así que acordamos que a las once menos cuarto estaríamos de nuevo en nuestra mesa para cantar las campanadas. Así lo hicimos, con todo preparado, las uvas listas, la copita preparada e hicimos el tradicional repaso de cómo suenan los cuartos y el descenso del carrillón golpeando una cuchara contra una botella de cava. Javi dirigiendo la ceremonia comenzó con los cuartos a falta de un minuto para las once, las doce en España, y comenzó a tocar las campanadas mientras los demás comíamos las uvas al ritmo de las cucharadas entre risas, bromas y mofas. Al finalizar las doce, nos celebramos el año nuevo entre brindis, tragos, gritos y abrazos. ¡Feliz 2016!

Por supuesto que también celebraríamos el paso al año nuevo con la hora local, así que en el rato que nos quedaba mientras tanto, Toni preparó los golpeaditos, se trata de chupitos de ginebra con tónica, (tónica que habíamos “recogido” de la sala VIP del aeropuerto de Barajas, ya que algunos fuimos asignados a la clase business debido a la fuerte demanda y escasez de plazas). Hicimos tiempo ya que muchos fueron a la zona wifi para contactar con familiares y amigos en España, otros habíamos hecho los deberes minutos antes para evitar la saturación del ancho de banda. Los chupitos había que golpearlos contra la mesa tapándolos con la palma de la mano y beberlos de un trago. Fuimos de nuevo a la zona de la hoguera frente a la banda, casi todo el mundo estaba por allí divirtiéndose, guías, conductores, empleados del albergue y amigos de ellos se esforzaban en todo detalle colaborando todos ellos de manera mutua, animando a la gente, moviendo la fiesta y participando de ella. Sentados alrededor de una mesa comenzamos a dar buena cuenta de los orujos que habían traído los gallegos, y whisky, además del gin-tonic.


A las doce la música se detuvo y la luz se apagó, había salido la luna justo en el centro del campamento festivo y ante nuestra sorpresa, de la duna inmediatamente enfrentada, comenzaron a dispararse fuegos artificiales que iluminaron toda la noche de colores, gritos, jolgorios y abrazos entre todos los asistentes siguieron la traca final entre nosotros y con el resto de los asistentes, brindis, sonrisas, felicitaciones y ganas de pasarlo bien que no faltaban.


Se avivó la hoguera y se encendió una gigantesca en aquella duna que alejó los fríos de la noche si aun quedaban algunos, la banda reanudó su espectáculo y la fiesta estaba servida. Era como vivir el final de un cómic de Asterix y Obelix, pero en plan magrebí. Poco a poco fue pasando la noche y la gente fue, lentamente, desapareciendo en la fatiga de la fiesta que alguno llegamos a ver. Con cara de satisfacción y con la intensidad emotiva del evento, que siempre genera grandes sentimientos encontrados, fuimos todos conscientes que habíamos vivido un fin de año único y diferente, una experiencia única que jamás vuelve a repetirse. 

Somos unos verdaderos privilegiados poder vivir algo así y colaborar en difundir la verdadera alma de los pueblos bereberes, magrebíes o imazighen, como los queramos llamar, pueblos de personas honestas, humildes, supervivientes y hospitalarias, que no merecen la desconfianza de quienes ignoran su historia, su tierra y su cultura. Sentimos una gran satisfacción cuando los componentes del grupo nos dicen, “Sabes?, me llevo una impresión de Marruecos muy diferente de la que traía, este país supera mis expectativas y no me quiero marchar de aquí todavía”.Volveremos a disfrutar de más nocheviejas en Marruecos, Insha'Allah (ojalá).

Día 7: Valle del Dades

 
La fresca mañana del primer día del año quedaba iluminada por un sol radiante y un cielo azul intenso que contrastaba con el dorado brillo de las arenas del desierto que daban comienzo a las puertas del acogedor albergue. Frote mis ojos con ligera pesadez y observe el movimiento que allí mismo ya había comenzado. Lo que anoche fue el lugar de la celebración hoy estaba dispuesto para servir el desayuno al aire libre. Nada mejor que comenzar el año así, aunque hubiera preferido dormir un poco más. 

Los 4x4 estaban listos así como Hassan, Ismail y Mustapha, el grupo poco a poco fue trayendo y cargando los equipajes y nos despedimos de los empleados del albergue con la complicidad y confianza de quien se despide de un amigo, quizá por no mucho tiempo. Iniciamos ruta a través de un camino orientado hacia el norte, dejando Rissani hacia el oeste por la pista R702 que conduce directo a la población de Erfoud. 

Continuamos por la misma ruta, ya asfaltada, hacia el cruce con la N10, giramos hacia Tinejdad, dejando Goulmina a la derecha. De camino a Tinghir, que se encuentra en pleno valle del Todra, hicimos alguna paradita para descansar y estirar las piernas. Pasábamos por poblaciones algunas de ellas ancladas en el tiempo, otras, sencillos y humildes pueblos contemporáneos que viven del paso de la carretera además de ganadería, agricultura y turismo.
Ante nosotros se extiende el valle del Todra, apenas un hilillo de agua alimenta a todo un oasis que corre de norte a sur. El rio nace en las montañas del Alto Atlas en el norte y desaparece en el desierto del Sahara al sureste. Nada más cruzar el rio por el puente se llega a un cruce, de frente continuaríamos hacia Ouzarzate por la N10, y girando a la derecha, al norte, por la pista R703, en buenas condiciones y parcialmente asfaltada, remontaríamos el valle por la margen derecha hacia las espectaculares y famosas gargantas.
Nada más dejar atrás el casco urbano de Tinghir, una pequeña pero bulliciosa población, cabecera de comarca y con muchos servicios, nos detenemos a las afueras para contemplar el valle presidido por dos antiguas kasbahs hoy parcialmente despobladas, La Cite Tydrine y Douar Ait Boujane, cuyas cúbicas construcciones se confunden en el ocre de la tierra. Hace tiempo que dejó de ser práctico vivir allí y los habitantes han ido engrosando el censo de Tinghir, mucho mejor comunicado.
El rio se encajona poco a poco y circulamos por un pasillo ondulante entre cantiles y pequeñas poblaciones que se van sucediendo en el fondo del valle, donde el verdor y la humedad contrastan fuertemente con la aridez de la región. A medida que el cañón se cierra, recordándonos al Duratón o al Sil, vamos admirando la belleza del paisaje imaginándonos cuan diferente es aquí la vida cotidiana en comparación a la nuestra.
Las descomunales paredes que forman la garganta alcanzan casi los 200 metros de altura en una majestuosidad impresionante. Comprobamos que no cabe la menor duda de que se trata de uno de los enclaves más fascinantes para los apasionados del montañismo, senderismo y escalada. En el punto más espectacular, bajamos de los coches y seguimos a pie, fotografiando las gargantas y charlando con los comerciantes que pacientemente aguardan la llegada de visitantes para poder ganarse la vida vendiendo artesanía y textiles.
Los coches nos esperan al final de la garganta, que da paso a un puerto de montaña que asciende a las montañas del Atlas y se pierde hacia la población de Agoudal a lo largo de una trepidante. Nuestro camino va a ser, por esta vez, más calmado, y retornaremos sobre nuestros pasos hacia Tinghir para reanudar la ruta N10 en dirección suroeste, no sin antes hacer una parada para comer.
Tras atravesar la localidad de Boumalne, entramos en la zona de influencia del rio Dades, otro hilo de vida a lo largo del cual se enumeran diferentes poblaciones que comparten tradición y costumbres en esta zona del país. Un poco más al suroeste nos detenemos en la localidad de Kalaat M´Gouna, donde las aguas del Dades se incorporan a las del rio Ouzarzate. Ante nosotros el valle conocido también como “de las Rosas”, y no hablamos de los balcanes búlgaros, pero si que es similar la producción de rosas. Desde aquí en Kalaat hasta Bou Tharar se extienden 30 kilometros de monocultivo de rosas a lo largo del curso del rio formando un valle de espléndido verdor, enclavado a los pies de un cañón de tintes ocres, ofreciendo un espectáculo de absoluta belleza, de nuevo, podemos comprobar por nosotros mismos, que se trata sin duda de otro de los parajes marroquíes que bien merecen su popular fama.
Retomamos la ruta, el sol comienza a acercarse al horizonte, no llegaremos para verlo hundirse en las aguas de la presa de El Mansour Eddahbi, pero el palmeral que se extiende desde las inmediaciones de Skoura hasta Ouazarzate bien merece una parada por llevarnos en nuestras cámaras la clásica palmera a contraluz del fulgor del mágico atardecer.
Reanudamos por ultima vez durante esta jornada nuestra ruta, ya solo quedaba el ultimo tirón hasta regresar nuevamente a la civilización, Ouazarzate, que nos dió la bienvenida envuelto en una cerrada y fria noche tras los casi 370km de la jornada. Los ánimos se habían venido un poco abajo al pensar que lo que quedaba de viaje era ya de regreso, y que atrás quedaron los memorables momentos vividos en el desierto. Sin embargo el grupo se mantenía alegre y entusiasmado ya que el viaje estaba cumpliendo las expectativas y todos nos sentiamos afortunados de estar viviendo esta aventura.


Un moderno hotel, funcional y practico, con buenos servicios, calefacción, agua caliente, comodidad, contrastaba con el encanto y la autenticidad de otros hoteles menos funcionales. Al tomar las habitaciones, algunos componentes del grupo decidieron dar un paseo al centro de la ciudad que quedaba muy cerca del hotel. Otros, aprovechamos el impas hasta la cena, descansando, colocando enseres en el equipaje, ordenando fotos y videos o atendiendo llamadas y mensajes en el movil a través de la tan buscada red wi-fi.


Una estupenda cena de buffet dio punto y final con un reparto de aguas y un pequeño repaso de lo que haríamos mañana, básicamente, madrugar para llegar a Marrakech antes del atardecer.

Día 8: Ait Ben Haddou

Como era de esperar, nadie quería que llegara esta jornada en la que cubriríamos la distancia entre Ouzarzate y Marrakech con la aparente idea de regresar hacia el aeropuerto y tomar el vuelo de mañana. Sin embargo, lo que parecía una jornada de transición, fué, al final, una de las etapas más espectaculares del recorrido.

Tras el desayuno buffet en el hotel regresamos a los coches, los botones del hotel agruparon las maletas junto a los coches y tras comprobar que estaba todo listo iniciamos nuestro largo viaje… hasta la esquina.
No, pasó nada, sencillamente que junto al hotel se encuentra la Kasbah Taourirt, una fortaleza de adobe que alberga un palacio construido en el siglo XVIII y ampliada en el XX por orden de Hamadi El Glaoui. Hicimos unas cuantas fotitos al entorno y continuamos nuestro camino.


Salimos de Ouarzazate por la carretera de Marrakech hacen el noroeste, pasamos de nuevo frente a numerosas instalaciones relacionadas con la industria cinematográfica. Pasamos por la población de Tazentoute y nos desviamos hacia el norte por una estrecha carretera en Tabourahte, nos dirigimos, paralelos al rio Asif Ounila en dirección norte, hacia Ait Ben Haddou, de visita obligada para todo aquél que se encuentre en la zona, y no por casualidad es una de las localizaciones cinematográficas más recurrentes.

Se trata de una kasbah o ciudad fortificada construida de adobe en la ladera suroeste de una colina a orillas de la margen izquierda del rio. La UNESCO lo tiene declarado como patrimonio de la humanidad y lo describe como “Formado por un conjunto de edificios de adobe rodeados por altas murallas, el ksar es un tipo de hábitat tradicional presahariano. El de Ait Ben Hadu, situado en la provincia de Uarzazat, es un es un ejemplo notable de la arquitectura del sur de Marruecos.”
Después de algunas paradas para hacer fotos panorámicas de la kasbah, llegamos al pueblo moderno. Nos encontramos al otro lado del rio en medio de una pequeña población muy modesta y humilde, con varios servicios de hostelería especialmente en la parte este, desde donde se divisa la antigua kasbah que se muestra ante nosotros majestuosa, en mitad de un entorno solitario, natural, árido y aparentemente inhóspito. Nos despedimos por un momento de nuestros choferes quienes nos han presentado a quien será nuestro guía para visitar la kasbah. Mientras caminamos por la vega del rio para ir hasta las callejuelas de la kasbah nos cuenta la historia del pueblo y algunas anécdotas del cine.
Aquí se rodaron escenas de películas como Babel, La momia, Lawrence de Arabia, Gladiator y otras muchas. A pesar de desarrollarse la actividad con respeto al entorno quedan vestigios como alguna decoración artificial de Lawrence de Arabia en forma de muralla y puerta que queda bastante bien con el conjunto arquitectónico, y la evidencia de lo que fue un pequeño circo romano de Gladiator junto a las edificaciones periféricas. Recientemente han construido un puente sobre el río que provee de agua corriente y electricidad a las pocas familias que aun viven en la antigua kasbah, seguramente a base de la venta de artesanía y souvenirs.

Alcanzamos las primeras casas tras cruzar el rio, que en este momento del año todavia son dos hilitos de agua que se pueden cruzar saltando de piedra en piedra. Normalmente había muchos niños ayudando a los turistas a cruzar, pero hoy no hay nadie, es posible que sea muy temprano aun, o que los niños ya no lo encuentren divertido o rentable.

El primer comercio es un taller de pinturas muy especial, la técnica que utilizan consiste en pintar con tinta invisible y luego hacerla aparecer colocando el lienzo de papel sobre una llama, obteniendo un efecto realmente magnifico. Continuamos caminando y lo que nos temíamos, las cuestas son continuas entre las estrechas y sinuosas calles, a cada paso, cientos de evocadoras tomas inundan nuestras cámaras en todos los ángulos, sobre nuestras cabezas, las casas de arriba, presididas por una torre de vigilancia, allá abajo, en el valle, el espectacular paisaje árido y el oasis sobre el que esta construida la kasbah, hacia cualquier lado, casas, pasajes, callejones, escaleras, túneles, arcos, terrazas, miradores y tiendecitas. Estamos solos en el lugar y realmente parece anclado en el tiempo, deshabitado, como sumido en un eterno sueño de tiempos ancestrales y aparentemente bien conservado. Es una verdadera maravilla alcanzar la cima de la colina donde se obtiene una vista panorámica de 360º. Bien merece ser visitada.

Regresamos hacia los coches utilizando esta vez el puente, no sin antes retrasarnos y dispersarnos entre fotos, compras y su respectivo regateo. El grupo ha disfrutado mucho esta visita y los ánimos vuelven a resurgir, “el viaje es una pasada, el recorrido es sorprendente”, asienten algunos mientras volvemos a ocupar los coches.


Continuamos la ruta hacia el norte siguiendo el valle del Ounila a través de una carretera tímidamente asfaltada, a veces compactada, con numerosas curvas y desniveles. La escena en la que la turista recibe un impacto de bala accidentalmente en Babel está rodada aquí. A la altura de Douar Anguelz la ruta traza una curva a izquierdas y seguimos rumbo oeste. Nos adentramos en el valle de Telouet, un paraje apasionante tanto por su belleza como por su soledad, por esta zona no transita nadie ya que la ruta que une Ouzarzate con Marrakech discurre más al sur, por las poblaciones de Tisserday, Targa y Agouim, tal y como hicimos al principio del viaje. Recorrer el valle de Telouet es captar la esencia del Marruecos recóndito, alejado del mundanal ruido y dominado la belleza del Atlas y los ríos y arroyos que descienden desde las cumbres y alimentan diferentes oasis en mitad del árido terreno, dando lugar a antiguos pueblos fortificados como el de Ait Ben Haddou que dejamos atrás. Y es que esta antigua ruta era la original que usaban las caravanas comerciales que iban y venían hacia las ciudades subsaharianas como Tombuctu. Telouet tuvo su momento de esplendor debido a que se encuentra al inicio de la jornada que habría de atravesar el atlas por el gran paso del Tizi-n-Tizchka. Hoy en día quedó olvidada por completo y queda como vestigio aun habitado de tiempos pasados.

Comenzamos a ascender a través de nuestra antigua ruta P1506 y alcanzamos un cruce, por la izquierda viene la moderna carretera que viene buscando el antiguo trazado hacia el paso montañoso. El paisaje y las vistas son espectaculares a través de barrancos descarnados y paisajes aéreos.


Alcanzamos el alto del puerto donde hay una serie de establecimientos que dan servicio a la carretera: bares, cafeterías, tiendas, etc… alrededor de una plaza dominada por un monumento erigido al paso montañoso. Hacemos una parada de descanso y al bajar del coche se siente el frío, la temperatura baja mucho en la montaña, puesto que estamos en una zona que debería estar nevada a estas alturas del año, pero no hay ni rastro. 

Reanudamos la ruta e iniciamos el descenso, pronto quedamos encajonados en el valle del rio Tischka en una sucesion de curvas y descensos trepidantes y majestuosos, esta cara es más humedad y el verdor comienza a vislumbrarse a lo largo de laderas ligeramente más fértiles. La carretera es sin duda una obra de ingeniería extraordinaria, especialmente esta cara, donde aparentemente es más vertiginosa. Continuamos nuestro descenso y ya el hambre acechaba, pronto llegaríamos a nuestra parada prevista en la pequeña aldea de Tizi Ait Barka. A partir de Toufiht, a unos tres kilometros antes, las poblaciones se irían dando solución de continuidad.

Nos dimos un nuevo festín alimentario en el que triunfó un aceite servido en un platito del que no podíamos parar de mojar pan. Se trataba del famoso aceite de argán, y no era casualidad ya que el restaurante se encontraba junto a una Cooperativa que pasamos a visitar. En la entrada, unas chicas trabajan la semilla en sus diferentes fases para mostrar al viajero la elaboración de los aceites y jabones que se obtienen de este fruto arbóreo que crece desde las estimaciones del Atlas hasta las costas atlánticas de Esauira. Desde aceite de alta calidad gastronómica y sabor inconfundible, hasta diferentes lociones y jabones con diversas propiedades, especialmente hidratantes, antiacneicas, para la psoriasis, entre otras. A pesar de que en las cooperativas el precio no es negociable y puede ser un poco más alto que en un mercado, uno se asegura que sabe realmente lo que esta comprando y se participa así en una actividad de turismo sostenible que revierte directamente en beneficio de los componentes de la cooperativa, y por ende, de la comunidad local. 

Hicimos nuestras compras y reanudamos nuestro viaje hacia Marrakech. Llegamos al hotel antes del anochecer y aún nos quedaba tiempo para dejar las maletas en las habitaciones y llegar en los coches a la plaza de Jamaa el Fna, cerrando el círculo por completo y dándonos la oportunidad de cenar por allí. Aquí nos despedimos de Ismael, tenía que regresar al desierto ya que le esperaban viajeros en Errachidia a la mañana siguiente, así que emprendía un largo viaje después de despedirse del grupo y recibía los agradecimientos por su servicio, su simpatía y su buen hacer.

Volvimos a pasear casi por los mismos puestos mientras el sol se ocultaba en un ultimo atardecer auténticamente marroquí, dejando brillar las torres de las mezquitas, incluso las tatuadoras de jena recordaban al grupo y volvieron las chicas a caer en sus manos sin apenas oponerse. Alguna que otra tiendecita y así hasta llegar a un extremo del radio de acción de la plaza. El callejero aquí es algo impreciso y muestra un trazado laberíntico y ramificado, donde la mayor parte son callejuelas sin salida, de modo que decidimos caminar de nuevo sobre nuestros pasos y buscar aquella pequeña cafetería desde donde contemplamos el atardecer. A pesar de que no había nadie, no fue fácil acomodarnos en el pequeño salón del primer piso, fuera en la azotea hacía ya mucho frío, pero dentro, una vez todo dispuesto, era confortable y auténtico. El pequeño negocio era regentado por un matrimonio y esta debía ser parte de su propia casa, preveíamos que íbamos a comer bien, pero que habría que retrasar la hora de recogida que habíamos acordado con Mustapha para que nos recogiera. Degustamos unos magníficos pinchos morunos, entre otros platos de tendencia arabe, era nuestra última cena y a pesar de ello el grupo se mostraba animado e ilusionado con todo lo que habíamos vivido durante esta aventura. 
Con puntualidad británica, como había sido durante estos días, Mustapha y Hassan aparecieron en el punto de encuentro acordado a la hora exacta y regresamos al hotel, era el momento de organizarnos para los traslados hacia el cercano aeropuerto a la mañana siguiente, pues teníamos diferentes vuelos. 
Era el momento perfecto para ver qué bebidas espirituosas nos habían sobrado y echar algún trago en uno de los apacibles saloncitos del hotel donde estuvimos comentando todo el viaje. Tampoco era plan de agarrarse una cogorza y tan solo pudimos mojarnos los labios con un aguardiente que habían traído los gallegos. Se inició así una charla recordando momentos divertidos y emocionantes de estos últimos días, que tan rápido se nos habían pasado pero tan intensos, que pareciera que todas esas experiencias y vivencias hubieran ocupado muchos más días.

El siguiente día sería un día de idas y venidas hacia el aeropuerto, ya que regresábamos en diversos vuelos, tan solo hacer reseñar aquí que por suerte no hubo imprevistos, retrasos ni inconveniencias más que el viaje se terminó y de ser una realidad, pasaba a ser un recuerdo imborrable en el interior de nuestro ser, nunca olvidaremos el buen trato recibido y la atención de Mustapha, Ismail y Hassan, que se desvivieron para que nuestro viaje fuera perfecto, así como de todo el personal de los hoteles, especialmente los del desierto, donde se vuelcan por completo. 

En definitiva, ha sido una aventura intensa y memorable, de la cual los organizadores de Amigos en Ruta estamos orgullosos y muy satisfechos, y esperamos tener la suerte de contar con vuestra confianza para tantos planes, viajes y experiencias que aun guardamos en nuestro tintero.
 
Muchas gracias a todos y en especial a los que habéis seguido este blog que termina aquí, deseando que hayáis pasado un rato agradable imaginando que estabais con nosotros, o a ti, que formaste parte del grupo, reviviendo desde los ojos de un servidor, esta trepidante aventura.
 
Y sabeís, lectores, seguidores, simpatizantes, amigosenruteros… ¡¡Nos vemos en ruta!!
 
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