Blog de Amigos en Ruta

Vivencia: viaje en bici de Zamora a Santiago

Introducción:         

   En Abril de aquel año de 2004 se nos ocurrió la idea de hacer el camino de Santiago ese verano, por ser una ruta ideal para los novatos en esto de realizar una ruta de varios días. Comenzamos un entrenamiento a base de rutas por los alrededores de Toledo y Aranjuez, y la montaña en la Sierra de Guadarrama, especialmente la zona de la Fuenfría y la Pedriza, estuvimos acudiendo a un gimnasio para recibir clases de spining, quemar calorías y trabajar cardio. Creemos que esta fase fue fundamental para poder disfrutar del gran viaje que nos esperaba, ya que los problemas que tuvimos fueron mínimos por suerte.

    Nos reunimos para decidir por que camino llegaríamos a Santiago, y debido a la masificación que debería de haber en el mes de Agosto, optamos por hacer unos 450Km por la vía de la plata, en su variante de Zamora a Santiago pasando por Verín. Decidimos que no era buena idea planificar una serie de rutas cerradas y optamos por establecer que siete hora de bicicleta al día serían suficientes, sin importar la distancia, ya que teníamos algo más de una semana para hacer el viaje y por nuestros cálculos de que a una media de 12km/h, tirando por lo bajo, en 7 horas cubriríamos 84km al día, por lo tanto a ese ritmo necesitaríamos seis días aproximadamente. Bien, lo cierto es que se nos dio bien y sin prisas realizamos una media de 17,6km/h haciendo 5 horas de rodaje de bici, cubriendo el trayecto en cinco días con un total de 25 horas de rodaje.

    Las etapas surgieron según nuestras necesidades y calculando a ojo sobre la marcha, ya que no había problemas de albergues, que distaban unos de otros a unos 30km, por lo tanto podíamos arriesgarnos a que nos cayera la noche. He aquí los tramos que realizamos:

    Día 1: Zamora- Santa Croya de Tera 70km
    Día 2: Santa Croya de Tera – Lubián (100km) con comida y baño en Puebla de sanabria río Tera
    Día 3: Lubián – Sandiás con comida y baño en Verín río Támega (105km)
    Día 4: Sandiás – Cea con comida en Orense y baño en termas del Miño (90km)
    Día 5: Cea – Santiago con comida en Silleda (80km)

Es muy importante comprobar días antes de la salida como va la bici con todo puesto, ver si la carga no nos estorba en los talones, comprobar que la sujeción es buena, estudiar la colocación de los pulpos, observar el equilibrio de la bici con toda la carga, tratar de organizar cada cosa siempre en el mismo sitio. Debemos hacer algunos kilómetros para asegurarnos de que no necesitamos algún que otro tornillito o abrazadera, especialmente si, como en nuestro caso, es la primera vez que realizamos una ruta de varios días. También hay que tratar de ser muy estricto con el peso de cada cosa que llevemos, por ejemplo, unas simples chanclas pueden pesar mucho  menos que otras más cómodas. No hay que tratar de ahorrar dinero en los culottes ni en los sillines, estos últimos deben ser antiprostáticos y los culottes deben llevar buenas badanas, en el mercado existen marcas muy baratas que disponen de badanas de marcas muy prestigiosas. De la calidad de la badana y el sillín dependerá tu salud intima durante el viaje.

 Las bicicletas que llevamos tienen un valor medio de unos 600€, no son gran cosa, pero si tenemos cuidado en su mantenimiento, ajuste y limpieza podrán hacer muchos kilómetros, no es importante el valor en si de la bici, sino que esté perfectamente ajustada y que cada una de las piezas este revisada por un profesional del que nos tenemos que dejar aconsejar. Para llevar nuestro equipaje disponíamos de una bolsa de manillar, un triangulo que se sujeta al cuadro sobre los portabidones y unas alforjas de tres cuerpos, también puede ser útil una riñonera e imprescindible una mochila de agua que podremos sujetar al Transportín si se nos cansan los hombros. Resulto asombrosamente útil guardar cada prenda, cosas de higiene y botiquín en bolsas de plástico tamaño folio con cierre hermético, previene de que se ensucien o se mojen y hace muy fácil buscar y organizarlo todo.



ETAPA 1: ZAMORA – SANTA CROYA DE TERA


   Nos llevaron en coche desde Madrid a Zamora, llegando a las 10:00h de la mañana, por problemas de última hora en el Transportín de Fran debimos retrasar la salida unas dos horas hasta encontrar por Zamora una tienda de bicis donde pudieron solventarle el problema del anclaje del Transportín al cuadro de su bicicleta. Tras colocarlo todo sobre la bici y decorar la montura con una vieira sujeta a una cuerdita sobre el equipaje para identificarnos como peregrinos salimos de Zamora por la Nacional 630, parando en el ultimo hotel del término municipal para colocar nuestro primer sello en la credencial y almorzar algo, ya que ese día y debido a la hora que era, no teníamos pensado parar a comer a mitad de camino.


    Haré referencia a las carreteras siempre en esta vivencia, es más sencillo orientarse en los mapas, pero si disponemos de los mapas militares podremos ir tomando cañadas y caminos agrícolas paralelos a las carreteras muy fácilmente en las comarcas más llanas, que fue lo que nosotros hicimos. Efectivamente, la N-630 se ve acompañada por sendas agrícolas paralelas que podremos tomar para evitar rodar junto al peligro.

    Tras el seco embalse de Ricobayo nos encontramos  con las primeras elevaciones de terreno y gracias a las cotas del mapa comenzamos a orientarnos por lo que sería el primer tramo marcado con la flecha amarilla de la ruta de la plata que nos encontramos, al llegar a Tábara, una red de muy buenos caminos agrícolas une la ZA-121 con la ZA-120, donde, volviendo a un terreno llano llegamos a la comarca del Tera.

    A medida que avanzábamos al norte, el paisaje se iba volviendo más verde, con más cursos fluviales, al principio tímidos, como el embalse de Ricobayo, iban apareciendo arboledas y pequeñas colinas que no serían más que un ligero entrante de lo que nos esperaba en la comarca de Sanabria.

    Aquellos que quieran recortar el camino pueden tomar la N-631 en Tábara en lugar de desviarse al norte, pero merece la pena pasar la noche en el estupendo hostal del peregrino de Santa Croya, que es el único privado de Zamora, y es barato, limpio, y acogedor.

 

ETAPA 2: SANTA CROYA DE TERA - LUBIAN

    En este albergue dormimos muy bien, el baño era amplio y limpio, otros peregrinos que estaban por allí eran unos alemanes cincuentones con enormes mochilas y otra gente joven que decidió disfrutar de las fiestas de Santa Croya, por lo que apenas coincidimos. Tras lavarnos y dar una vuelta por el pueblo nos acostamos.

    A la mañana siguiente  tomamos nuestro desayuno y nos llevó casi dos horas preparar las bicis, menos más que fuimos adquiriendo cierta destreza a colocar todos los enseres y sujetarlos a las bicis con los pulpos.

    Retomamos el camino con ganas de bici y salimos al norte, cruzando el Tera y virando al oeste por la N-525. Esta sería desde entonces y para toda la ruta la carretera que nos serviría de referencia y ayuda en el caso de no encontrar vías paralelas, por lo que decidimos que no nos separaríamos de esta nacional mucha distancia, ya que su trazado discurre por los valles menos montañosos de los territorios que debíamos atravesar, y sabíamos que por lo menos, hasta Ourense la carretera estaría muy poco transitada debido a la presencia de la flamante y ruidosa  A-52. Tras dejar atrás Rionegro divisamos el cruce por el que habríamos aparecido de no desviarnos hacia Santa Croya, el cruce de la Nacional 631 con la 525.
 
    Este día fue duro por ser en ligera ascensión durante todo el trayecto y el calor hacia presencia en estas incipientes colinas de Sanabria, nos adentrábamos en la parte más montañosa de Zamora y bromeábamos para evadir el respeto que nos suponía la futura ascensión a Padornerlo, cerca de Lubián.

    La hora de sentir hambre nos llegó cuando estábamos a punto de alcanzar la Puebla de Sanabria, así que tras una fuerte subida y luego una ligera bajada al valle del Tera nuevamente comimos en uno de esos bares de carretera. A esa hora hacía un calor impresionante y se respiraba cierto tedio a la ascensión que nos esperaba a la tarde, según nuestros cálculos, dormir en el albergue de Lubián sería buena idea, eran pocos kilómetros pero una fuerte subida.

    Tras comer cogimos las bicis con cierta pereza y se nos abrió el cielo cuando vimos que la Puebla de Sanabria dispone de una playa fluvial junto al puente del Tera, fue grata sorpresa tomar un baño refrescante y dejar pasar las horas de más calor. El Tera estaba muy frío, y el descanso no podía tener un marco más acertado que el Castillo de la Puebla sobre el desnivel que hace la cuenca del curso fluvial.

    Mientras preparábamos la salida se nos acercaron tres peregrinos en bici que nos cruzamos cuando tratábamos de llegar a Santa Croya por los caminos, se trataba de Miguel, Carlos y Paolo, los tres de Valencia, que habían partido de Zamora, en este momento tan solo nos saludamos pero sabíamos que a buen seguro coincidiríamos en algún punto más adelante.

    Al retomar el camino ya estábamos preparados para afrontar una muy dura prueba. Pedro ganaba terreno y yo seguí el ritmo de Fran que nos mantenía en un ritmo cardiaco seguro, la A-52 estropeaba el paisaje que era rico en grandes desniveles e impresionantes colinas y valles, la subida era cansina pero armados de paciencia ganábamos metros poco a poco. El perfil del grafico no representa fielmente la rampa que no por inclinación, sino por insistencia trataba de vencernos sicológicamente, más que físicamente. Paramos en Requejo para sellar la credencial y supimos que los valencianos habían echo alto en este pueblo, Pedro tuvo que engrasar con grasa sólida los anclajes de su sillín porque le hacía ruido. Continuamos hacia Padornelo y la rampa se hacía más vigorosa. Combatíamos la sensación de agobio con paradas para echarnos unas fotos en los puentes que cruzan valles de hasta 400 metros de altura, a una velocidad de 10km por hora aquello nos resultaba una locura pero nos convencíamos que con paciencia y pronunciando la mágica frase “al tran-tran” conseguimos alcanzar Padornelo justo cuando comenzaba a esconderse el sol o más bien la nubes lo ocultaban por aquellas alturas.

    Nos reunimos los tres en un bar que hay en lo alto de Padornelo, a muy pocos kilómetros hubiéramos podido ver las tierras portuguesas de Bragança de no ser por la Sierra de la Culebra, conocida por la superpoblación de lobos de sanabria, al parecer el tema de los lobos y su superpoblación atraía a los habituales de aquel bar, curioso que su acento comenzaba a sonar muy gallego e incluso hablaban la lengua de aquellas tierras entre ellos.

    El siguiente tramo hasta Lubián resultó menos fatigoso por ser más entretenido, la A-52 no se divisaba, aunque todo el valle hubiera sido más impactante de no ser por las grandes instalaciones electroeólicas que llenaban todo el valle de generadores, cables, torres, centrales de transformación, y un sinfín de instalaciones eléctricas. Nos encontramos con profundos desniveles, tanto a favor como en contra y la carretera tan poco concurrida nos dejo disfrutar. En este tramo Pedro decidió retenerse y disfrutar los tres juntos de este tramo de fuerte subida en el que sabíamos que no estábamos cansados y que coronaríamos sin problemas, lo cual nos inyectó bastante dosis de auto confianza.
    
    Finalmente, la subida a Lubián no fue tan difícil como nos pareció en los planos o quizá, los malos ratos se olvidan fácilmente, pero la satisfacción de culminar un reto es un premio que no se puede describir con palabras.

    El pueblo de Lubián resultó ser un tanto frustrante, el albergue estaba cerca de granjas ovinas, donde el ganado circulaba suelto por la calle sin pavimentar cuyas construcciones toscas de piedra estaban infestadas de pulgas y moscas. La llave del albergue más sucio que nos habríamos de encontrar la guardaba una vecina muy simpática del pueblo que nos cobró algún dinero simbólico por dormir. El albergue disponía de dos sucias plantas, con un sucio dormitorio y un sucio y estrecho baño arriba y una sucia cocina amplia en el inferior. Como arriba estaba sucio y reinaba un mal olor, decidimos bajar tres sucios colochones para el piso inferior y dormir en el suelo, que también estaba sucio. Hicimos uso de los plásticos para cubrir los colchones y del repelente de insectos, que por repeler, nos repelía hasta a nosotros mismos. Aun me queda una marca de una picadura de algún habitante de las granjas de Lubián en el brazo, 6 días más tarde.

    Cenamos en una cercana casa rural, que pretendía cobrarnos 40 euros a cada uno por pasar la noche. Aquello era bonito y limpio y no sucio y ruinoso, pero nuestro espíritu peregrino y nuestro bolsillo nos hicieron ver que disponíamos del suficiente repelente como para pasar la noche en el albergue peregrino. Aun así, como digo, la cena fue barata y nos supo a gloria, yo recuerdo que la comida era realmente exquisita pero éramos conscientes de que tras todo un día de pedaleo cualquier plato nos sabría a manjar de dioses.

    La casa rural disponía de un salón al uso, era como, una casa, como la casa de alguien, pero funcionaba a modo de hotel, pero a todas vistas, parecía la casa del abuelo de Heidi. Allí sentado estaba un joven de nuestra edad viendo la tele, era la primera vez que coincidíamos con Roberto, un profesor granadino que también había salido de Zamora en bici, hicimos con el buenas migas y comentamos muchos aspectos del viaje. Apareció un señor de edad avanzada y conversación anciana que venía andando de muy lejos e idolatraba al presidente de la Xunta gallega como si fuera el propio Santiago apóstol, señor sin duda de grandes experiencias en diversos caminos. Más amena resultaba la conversación con Roberto que nos contó que había coincidido con los tres valencianos pero se había separado de ellos.
    Yo dormí bien pese a las rurales condiciones, pero Pedro si pasó incomodidad ya que él tiene muchos problemas de alergias, menos mal que el repelente funcionó bien y el único herido fui yo victima del aguijón en un brazo de vete tu a saber que bicho. Mientras recogíamos los bártulos un peregrino bajo a desayunar, era vasco y no recuerdo de donde salió ni lo que contó, solo recuerdo que bajó en silencio y comenzó a degustar su desayuno mirándonos adormecidamente mientras recién levantados preparábamos nuestras bicis. El granadino nos comento que en la casa rural habían preparado los desayunos, pero no había nadie, las puertas estaban abiertas y debíamos de abonar un par de euros y medio por cabeza, desayunamos como el que desayuna en su casa en aquella casa rural limpia y abonamos a la casa la cantidad que solicitaba un cartelito. Nos despedimos de Roberto y retomamos nuestro camino animados ya que era hora de entrar en tierras gallegas.
 

ETAPA 3: LUBIÁN - SANDIÁS

    La salida de Lubián fue también muy dura en ascensión, a partir de este día era difícil saber si subíamos o bajábamos ya que nos iríamos encontrando valles y puertos muy cortos pero muy cansinos. El paisaje junto a los limites de las provincias de Zamora y Ourense era impresionante, solo que la A-52 discurría por el fondo del valle como si de un rió se tratase, y el trazado más antiguo que sigue la N-525 tenía repechos muy pronunciados y alguna rampa descendente ligera para después volver a subir, en ocasiones se cruzaba por arriba o por debajo con la autopista y también nos hicimos algunas fotos en los puentes de gran altitud.

    Nos despistamos y en lugar de subir todo  el puerto siguiendo el curso del itinerario más antiguo de la N-525 nos metimos por un túnel que salvaba la parte más dura. Aquel túnel era el límite de ambas provincias. Por fin teníamos a nuestra vista las tierras gallegas de Ourense, concretamente el concello de A Gudiña. Hicimos una parada en un área de descanso y continuamos con el deseo de comer en Verín.

    Ante nosotros teníamos a hora la parte más fácil de toda la ruta, se trataba de salvar el desnivel entre A Gudiña y la ciudad de Verín. Nos llamó mucho la atención los bosques quemados de eucaliptos y otras especies de repoblación, los incendios activos y la ingente cantidad de cortafuegos que algunos habían resultado inútiles. Sellamos en un antipático bar de A Gudiña y comenzamos la bajada. A medida que bajábamos iba haciendo más calor y tras unos 30km de descenso llegamos a Verín. Allí comimos en un restaurante de aspecto lujoso pero era barato y la comida muy buena.

    Un taller cercano nos resultó útil para apañar la pérdida de un tornillo del transportín de Fran, el mismo que yo había perdido en Santa Croya, ya que los trasportines eran iguales, y hube apañado con una brida.

    Verín es una bonita ciudad que se asienta junto a la ribera del río Támega, que es afluente del Duero, y al cruzarlo observamos que este municipio disponía también de un área recreativa a las orillas de río canalizado donde se reunían bastantes jovenzuelos. El acceso no permitía el paso de bicis y las instalaciones, por así llamarlas, dejaban mucho que desear, pero hubo esta vez baño y descanso para dejar pasar las horas de más calor. El Támega pasaba muy frío, y solo nos fue posible un pequeño chapuzón.

    Nos pusimos los maillots y cullotes y colocamos los bañadores con imperdibles sobre la carga, chanclas bien sujetas, todo colocado y nos fuimos en búsqueda del albergue del peregrino en Verín. Estaba muy cerca del río y las instalaciones eran muy buenas y muy recomendables, estuvimos a punto de decidir quedarnos allí ya que estábamos un poco cansados mentalmente de la fuerte subida del día anterior, pero sabíamos que el tercer día iba a ser tedioso y cansado. Estábamos algo atontados y el intelecto lo teníamos algo tocado, revisamos las comidas que habíamos hecho, debatimos si habíamos bebido la suficiente agua o si habíamos ingerido suficientes cereales en barrita como para soportar la paliza que nos estábamos pegando. Los tres opinábamos que estábamos haciendo la alimentación y la hidratación correctamente y que era ya sabido que hoy iba a ser el peor día. El Abrasone Rectal y el suplemento de gel para sillín habían echo milagros en Fran y a Pedro y a mi nos estaba evitando molestias así que resolvimos en subir de nuevo hacia Xinzo de Limia, donde la alberguera nos había dicho que cerca había un buen albergue en Sarreaus o en Sandiás, al preguntar a la chica si la subida era dura nos contestó que nadie había vuelto a bajar para presentar sus quejas ya que todos los peregrinos viajaban en el mismo sentido, curiosamente en todos los albergues nos decían que lo peor ya había pasado por esa misma razón.

    Al parecer los gallegos tienen muchas cualidades y virtudes aun así tenían bastantes problemas para explicarnos algún itinerario que preguntáramos y siempre calculaban las distancias muy por debajo, además no te saben decir si te encontrarás subidas o bajadas, a ellos su orografía les parece mucho más plana y uniforme que a nosotros acostumbrados a las planicies a cartabón de Castilla. Lo que para un gallego es un ligero repecho a nosotros nos parecía un puerto de primera, y eso que no estuvimos muy fatigados debido al buen entrenamiento que realizamos los meses anteriores en la sierra de Guadarrama y a base de spining y cardio. Yo notaba que mis pulsaciones habían descendido casi en 10 unidades durante el esfuerzo medio, eso es que en Galicia se respira mejor, hay más oxigeno en el aire, más frescor y el ambiente era muy agradable, además, Pedro anduvo genial sin problemas de alergias.


    Salimos de Verín  tomando la N-525 salvando un importante desnivel hasta el pueblo de Trasminas. El viento de frente fue realmente agotador y las interminables rectas con rampas del 8% sin descanso nos lo hicieron pasar bastante mal, quizá este tramo fue el peor de toda la ruta, pero como siempre, al llegar a Trasminas y dejar el valle del Támega atrás uno siente tal satisfacción que le resulta difícil recordar en qué estado se encontraba uno durante la subida. Pedro reclamaba su porción de fruta diaria que yo me dejé olvidada en el albergue sucio de Lubián, Fran y yo estábamos cansados y estuvimos estirando y reposando para recuperar durante algunos minutos, menos mal que el concello de Xinzo de Limia se asienta en lo que es la única planicie que nos encontramos, salvo el viento constante proveniente de noroeste, justo de cara, todo eran facilidades.

    Según avanzamos terreno hacia Xinzo, un tractor con remolque nos adelantó, su velocidad era de unos 25km/h, velocidad que era muy fácil de alcanzar si te situabas justo detrás para evitar el viento, yo me lancé a seguir al tractor que me protegía tanto del viento como del tráfico y pude descansar durante varios kilómetros, El tractor se detuvo a falta de un par de kilómetros del municipio y espere a mis compañeros que venían muy atrás y fatigados de luchar contra el viento. Sin tractor la cosa era más complicadilla así que éste nos volvió a adelantar de nuevo, esta vez Pedro también comprobó lo útil que resulta un coche de apoyo, especialmente si va lleno de melones…

    Ya serían las 22:00h y el sol comenzaba a esconderse, echamos mano de luces y chalecos reflectantes y compramos fruta en una pequeña tienda de Xinzo, la fruta combate asombrosamente la sensación de cansancio y aporta importantes nutrientes de rápida absorción, por lo que el cuerpo acrece mucho un par de piezas. Por allí preguntamos a la gente pero nadie sabía nada de albergues de peregrinos, nos encontrábamos en una de las rutas menos concurridas, la Ruta de la Plata, y a su vez en una de las bifurcaciones de esta ruta que también es la menos concurrida pues la mayor parte de la gente decide pasar por la variante de Laza, por esta razón llamábamos la atención en Xinzo por ser peregrinos y la gente no tenía ni idea de dónde se encontraba el albergue. Nos indicaban que Sarreau nos lo habíamos pasado y al comentar que nos habían dicho que en Sandías había uno de moderna factura comenzaban a dudar, el frutero nos dijo que si no encontrábamos albergue en Sandías podríamos volver a Xinzo y el párroco nos habilitaría unas camas en unos de los edificios eclesiásticos. Con este as en la manga decidimos avanzar hasta Sandiás sabiendo que nos caería la noche, pero no estaba muy lejos.

    Sandiás resultó ser la sede del concello homónimo y un pueblecito, que, como muchos otros se encontraban a lo largo de la nacional 525, desprovisto de tiendas y comercio solo había un pequeño bar de empinamiento de codo, una mujer realmente antipática y seca le molestó ver que entrábamos en su bar para pedirle la llave del albergue. El albergue era realmente alucinante, muy nuevo, limpio, con enormes baños y amplios dormitorios, no había nadie y éramos los primeros en visitarlo en ese mes, nos lo enseñaron, nos dieron las llaves y nos dijeron que deberíamos devolver la llave al día siguiente en el bar y dejarlo todo como estaba. Nos dijeron que podríamos llamar al tendero para que nos abriera el supermercado para que pudiéramos comprar víveres y cocinarlos en el albergue, o bien podríamos ir a un restaurante de carretera que distaba 3km cuesta arriba por la nacional, 1km en llano según las indicaciones de la gallega. Optamos por guardarnos las llaves y acercarnos con luces y chalecos en plena noche cerrada hasta ese restaurante donde cenamos de lujo, la comida es  importante, pero nosotros es que comimos demasiado bien y por unos pocos euros. La vuelta al albergue fue incómoda, recién cenados hacer 3km cuesta abajo costó un poco por el frío que hacía, bajamos a toda prisa con los dientes castañeando, y como era poca distancia y mucha prisa la que teníamos por acostarnos no nos entretuvimos en abrigarnos.

    Este albergue fue el remate final para el día más cansado. Tenía dos plantas y abajo había un salón amplio, como un hall, con mesas y folletos informativos, a un lado había un dormitorio de cuatro camas indicado para personas con minusvalías, pero al no haber nadie más que nosotros decidimos dormir allí. Al otro lado del hall se abría un pasillo con una salita pequeña para lavar ropa, un tendero, un baño con dos duchas y dos lavabos señalizado como masculino y otro igual señalado como femenino y finalmente una pequeña cocina que no utilizamos. Tomamos sendas duchas prolongadas y aprovechamos para lavar tranquilamente toda la ropa y secarla en el secador de manos, era como disponer de una mansión para ti solo, dormimos impresionantemente bien y los tres estábamos bien de fuerzas porque fueron siete horas las que dormimos cada uno de los días, sin sensación de malestar al levantarse por la mañana.


ETAPA 4: SANDIÁS - CEA

    A la mañana siguiente las ropas tendidas aparecían más húmedas y no tuvimos más remedio que tenderlas en las alforjas. Consultamos los mapas y resolvimos que Ourense sería nuestra próxima parada para comer. El peregrino vasco que nos encontramos en Lubián nos había comentado que él viajaba desde Santiago a Salamanca y había visto en Ourense unas aguas termales que estaban muy bien, así que pensamos que si se nos daba bien podríamos premiarnos con un baño termal.

    Entregamos las llaves a aquella antipática dueña de aquel triste bar y en la farmacia de al lado compramos algo para combatir dolores de vientre que veníamos notando durante la tarde de ayer. Retomamos la N-525 y pasamos de largo el restaurante donde habíamos cenado la noche anterior.

    Hoy tocaba atravesar el valle de Allariz y descender junto al río Barbaña, de modo que resultaba un continuo subir y bajar pendientes. Cerca de Allariz había un incendio y tuvimos que echar mano de las toallas, aun húmedas, para evitar respirar un humo que veníamos observando desde algunos kilómetros atrás donde unos ciclistas de carretera locales nos adelantaron a toda prisa.

    Según nos acercábamos a Ourense el tráfico se iba volviendo más denso y ruidoso, aumentaba la presencia de polígonos industriales y crecía el numero de desvíos e incorporaciones de carreteras, de forma que seguimos las indicaciones hacia el “centro ciudade” de Ourense. Esta es una gran ciudad con mucho tráfico y reposa sobre el valle que forma el río Miño en la desembocadura del Barbaña, y tiene muchísimas cuestas muy pronunciadas. En primer lugar nos dirigimos al albergue que estaba en lo que la gente conocía como antiguo cuartel de San Francisco, que a su vez había sido un monasterio franciscano. Éste estaba en un alto y mientras seguíamos las señas de un policía municipal nos encontrábamos con flechas amarillas pintadas en el suelo y en paredes que guiaban al peregrino de a pie hacia el albergue.  
    El albergue estaba muy bien, era amplio y limpio y un muchacho de Guipúzcoa atendía a los peregrinos que esta vez si iban llegando en mayor número. Barajamos diversas posibilidades sobre si deberíamos quedarnos allí y conocer la ciudad, o bien solo comer y bañarnos en las termas. Finalmente las ganas de llegar al siguiente día a Santiago nos obligaron a tomar la decisión menos turística y nos informamos sobre como llegar a las citadas termas. La explicación que nos dieron resultaba mucho más confusa que lo que hubiera podido ser “bajáis hasta el puente romano y giráis a la izquierda”. Bien, nos despedimos del guipuzcoano y de los peregrinos que estaban llegando provenientes en su mayoría de la variante de Laza y bajamos hacia el centro histórico para buscar algún restaurante con solera orensana.

    Comenzó a llover ligeramente, por lo que hicimos uso de los chubasqueros, a mi no me apetecía ponérmelo porque la lluvia era muy ligera y até las mangas de mi chubasquero a la tija del sillín de modo que la prenda protegería las alforjas, Pedro y Fran colocaron los plásticos que habíamos traído a tal efecto para cubrir el equipaje y se enfundaron en sus respectivos chubasqueros.

    Un peatón nos recomendó un determinado bar al que nos dirigimos, el joven parecía interesado en que pasáramos una buena sobremesa lo que nos hizo pensar si realmente no nos estaba enviando al bar de un pariente suyo o incluso al suyo propio. En fin, el bar no estaba mal y era barato, y la comida era mejor aun si cabe que las anteriores.

    Tras comer pesadamente decidimos ir a las termas y de paso ver el Miño y el puente romano. Según bajábamos la avenida que nos habría de llevar al puente romano, que era peatonal, comenzó a caer lluvia esta vez de verdad, un fuerte chubasco comenzó a caer de repente y nos obligó a refugiarnos en un portal durante unos diez minutos de asombroso diluvio, por suerte dejó de llover, pero no del todo y se mantuvo esa fina lluvia muy ligera que me recordaba al clima londinense, y del mismo modo la gente no hacia uso del paraguas para tan escasa lluvia. Al llegar al puente romano contemplamos la bonita estampa que hace el Miño sobre Ourense y divisamos el moderno puente del milenio, cuya existencia desconocíamos hasta que un señor nos comentó con un tono orgulloso el nombre del mismo al observar nuestra admiración por tan estupenda obra de ingeniería que contrastaba con el antiguo puente romano que estábamos utilizando para pasar al lado norte de la ciudad.

    Viramos a la izquierda junto al río y topamos con un puesto de bomberos, justo enfrente estaba la puerta de las termas, teníamos de nuevo dos opciones, o bien entrar a las termas públicas junto al río, de entrada libre y sin instalaciones o entrar a las termas privadas que estaban más cuidadas. Como el precio era muy bajo, unos dos euros y medio para una hora y media optamos por las privadas siguiendo las recomendaciones de una joven pareja que nos comentó que si era esa la única tarde que íbamos a pasar en Ourense debíamos disfrutar de las mejores termas.  

    La entrada era una caseta de madera muy bonita con un bar y una terraza guarnecida de la lluvia por lo que allí mismo guardamos toda la ropa en la alforjas que no íbamos a necesitar y provistos de nuestras chanclas y bañador entramos en las taquillas. Pedro perdió una de sus chanclas en algún momento por las calles de Ourense, así se que tuvo que alquilar unas además de tres toallas porque las nuestras seguían húmedas desde la noche en Sandiás. Es recomendable la visita a estas termas, los vestuarios estaban muy cuidados y era muy curioso el ambiente de tranquilidad que había en los baños. Se trataba de un patio con césped adornado en plan rústico, con unas piscinas imitando a un arroyo empedrado, eran tres arroyos de 40, 39 y 38ºC respectivamente y según las normas había que meterse en cada uno de ellos durante 10 minutos tomando un baño frío entre arroyo y arroyo que estaban preparados para sentarse sobre rocas y relajarse con el agua por el cuello. Uno de los arroyos se prolongaba bajo una cueva, dándole un aspecto muy interesante. Había numerosas personas pero lo justo para no estorbarse y estaba prohibido hablar, era tan tranquilo que casi nos dormimos en cada uno de los baños. En aquella cueva bromeamos sobre el parecido que tenía el lugar con el reposo que hacen las focas. Aquellos baños resultaban malos para los pequeños problemas de circulación pero hicieron mil maravillas con nuestras articulaciones, especialmente con las rodillas, ya que veníamos usando antiinflamatorio en pomada con cierta regularidad, y nos dejaron las articulaciones como nuevas, tanto rodillas como cadera y la zona cervical que se suele cargar al estar muchas hora en la bici.

    Una valla separaba las termas buenas de las públicas y desde allí vimos a Roberto, el profesor granadino que acababa de llegar allí. Le llamamos y le dijimos que pasase a las buenas termas, así pudimos estar charlando con él un rato mientras nos secábamos al sol en unas estupendas hamacas. Le comentamos si quería pasar la noche en Cea según nosotros habíamos previsto en los baños pero él tenía planeado quedarse en Ourense ya que le había gustado el albergue.

    Nos despedimos de Roberto sabiendo que ésta no seria la última vez que le veríamos pese a que le llevaríamos ventaja. Al salir llovía fuertemente, así que tuvimos que esperar un ratito y comenzar la subida para salir de la ciudad, tras un pequeño lío por las calles del extrarradio para tomar la N-525 en el sentido correcto empezamos a ganar altura cansinamente. Los baños nos habían bajado la tensión sanguínea y el cuerpo lo sentíamos demasiado relajado como para afrontar una nueva subida, pero al ratito comenzamos a notar los beneficios de esos baños, ya que nos sentíamos como nuevos una vez hubimos calentado.

    El llamado Valle de la Peroja era precioso y las vistas desde la nacional eran increíbles, especialmente las del pueblo de Villarino. Pasamos cerca del nacimiento del río Formigueiro y atravesamos el valle del río Barbaniño pasando por Vilarseco, esto suponía subir y bajar rampas continuamente. A los pocos kilómetros encontramos el desvío hacia el pueblo de Cea, donde según reza el cartel que delimita el concello, el pan es un arte, y la verdad que es el recuerdo más bonito que tenemos de Cea, su pan tan especial y la estética tan rústicamente rocosa de sus construcciones y sus lorrios. Según llegábamos al pueblo un señor nos indicó, sobre la marcha, que “el albergue es por allí” con un tono de bienvenida muy agradable. Sin duda Cea fue el pueblo que más nos gustó por su personalidad, sus calles empedradas, parecía que el pueblo había sido tallado sobre una única roca madre y le confería un aspecto casi mágico. El albergue era amplio y no había nadie que lo dirigiese, así que tuvimos que ser nosotros mismos los que comprobáramos si quedaban camas libres. Tuvimos suerte y pese a la cantidad de peregrinos que había quedaban suficientes camas libres. Había llegado un grupo de caminantes que habían salido de Ourense, comprobamos así que nos encontrábamos en la parte de la ruta más transitada al estar entre las grandes ciudades de Ourense y Santiago. Allí estaban los tres ciclistas valencianos con los que intercambiamos experiencias. Como en el pueblo solo quedaba abierto un bar resolvimos cenar juntos y mantener así una agradable charla rodeando un par de raciones del pulpo más delicioso que nunca había probado. En general, la comida que tomamos en Galicia era muy de estar por casa, nada especial, pero era siempre muy sabrosa y satisfactoria.
 

ETAPA 5: CEA – SANTIAGO DE COMPOSTELA:


    Nos entretuvimos algún tiempo en aquel bar charlando, y se nos hizo tarde, tanto que cuando llegamos al albergue todos estaban ya dormidos. Abordamos nuestras respectivas camas sin hacer apenas ruido. Creo recordar que sería cerca de las 2:00 cuando nos acostamos y, tan solo cuatro horas más tarde, la mayor parte de los peregrinos comenzó a prepararse para marchar formando un tremendo escándalo. Al menos tardaron dos horas en desfilar aquel ruidoso grupo de peregrinos, recuerdo como la luz de la escalera que descendia al piso bajo se encendia cada vez que alguien bajaba por allí iluminando toda el dormitorio que estaba en la primera planta, aquella luz no se mantenia encendida y era bastante molesto. La culpa de todo fue nuestra porque no habíamos compartido albergue con peregrinos de a pie hasta ahora y ellos tienen la costumbre de empezar el dia muy temprana, antes del amancer, nosotros ya estabamos confiados y no tomamos con mucha relajación el tema de los horarios dejándolo todo a la improvisación, solo nos manteníamos firmes a mantener 7 horas de sueño cada dia, ni más ni menos, pero ese día dormimos menos.

    A las nueve de la mañana, aun seguían saliendo peregrinos del albergue, nos levantamos y comenzamos a prepar los enseres y equipaje para comenzar el día. Habíamos decidido que hoy saldríamos los seis juntos, nosotros y los valencianos, lo cual nos pareció buena idea ya que habíamos congeniado bastante bien, más tarde nos daríamos cuenta de que ellos no estaban preparados fisicamente y se pensaban que nosotros hacíamos carrera y que para ellos nosotros ibamos demasiado a prisa, además, la ambión de liderazgo de uno de los valencianos, sin capacidades para serlo, provocó la ruptura del grupo en la ciudad de Lalín.

    De todos modos la mañana de aquel dia fue, si cabe, la más interesante, ya que por esta región eran muy numerosas las carreteras asfaltadas locales que se adentraban en los montes y bajo las copas de los arboles en frondosos bosques alrededor de pueblecitos blancos ganaderos. Desayunamos en un bar de la travesía de Cea y partimos hacia el norte por un camino asfaltado, más bien cañada, que conectaba esta población con la carretera C-533 pasando por diversas aldeas que nisiquiera aparecen en los mapas de carretera, menos mal que los mapas militares son una herramiento imprescindible y los teniamos a mano. Este tramo, de Cea a la C-533 fue uno de los más espectaculares de toda la ruta, la compañía nos imponía un ritmo lento pero de agradable conversación y en sus momentos de meditación en silencio al emprender remontes desde valles escondidos y ríos límpidos y cristalinos, lejos de la ruidosa nacional.

    Cada cierto tiempo nos deteniamos para reagruparnos y consultar los mapas, esto ultimo parecía molestar a uno de nuestro colegas pero a la vez también le molestaba que necesitaramos detenernos para reagruparnos, y, a su vez, nos pedia que nos detuvieramos. Enseguida comenzaron a aparecer los detalles que impiden una convivencia, y fue una pena. La C-533 nos llevó muy rápido a Lalín y yo opiné que aunque era pronto para comer podríamos dar una vuelta por el pueblo para sellar y hacernos unas fotillos, aquel chaval mostraba ideas muy contradictorias, pretendía llevar un ritmo lento pero no quería parar en el pueblo, tenía prisa y no quería llegar pronto. Como no comprendiamos esta serie de convicciones resolvimos en dividirnos en Lalin, los valencianos obecedian sin rechistar a aquel muchacho asi que ellos siguieron continuaron hacia Silleda y nosotros nos quedamos en Lalin.

    Lalin es una ciudad de pisos y barrios propios de una gran ciudad, no revestía gran belleza pero resultaba interesante su zona céntrica. Esta vez no fue una excepción encontrarnos la Iglesia cerrada, como de costumbre, asi que resolvimos algunos asuntos financieros en una sucursal bancaria, y ya de paso, colocamos un sello en el mismo establecimiento.

    Retomamos el camino tomanto la recurrente nacional 525 y calculamos a ojo que Silleda estaba a suficiente distancia como para hacer tiempo y comer allí . Recuerdo el tramo Silleda a Rio Ulla como muy verde, verde muy intenso, es un verde que no se ve en otras zonas de la península, el clima era adecuado para la practica de la bicicleta, teníamos cirros que dejaban pasar el sol haciendo que la temperatura rondase los 24º; la totalidad del trayecto esta salpicada por fincas o casas rurales que en ocasiones aparecen como grandes mansiones lujosas que se asomaban a nuestra vista como escondidas entre jardines y arboledas de cómo digo, un gran intenso color verde. Muy próximos ya a Santiago ya no pensabamos en las rampas que deberíamos afrontar, solo disfrutabamos del viaje, además que tan confiados como nos sentiamos ya no importaba que era lo que nos debería esperar.

    Bueno, la llegada a Silleda fue algo cansina, resultó que el ultimo par de kilometros es de una fuerte subida y el sol, súbitamente, comenzó a picar en espalda. Era la hora de comer, asi que entramos en el pueblo por la travesía y vimos una cafetería con una terraza, los ocupantes de aquella terraza resultaron ser los tres valencianos y el granadino Roberto que se refugiaban del fuerte sol tran unas pequeñas sombrillas dispuestan en aquella terraza.

    Roberto había sido capaz de cubrir la distancia de Ourense hasta Silleda en una sola mañana y había dado alcanze a los valencianos pocos kilometros antes de llegar a Silleda, fue curioso y divertido, la pena fue no tener un plan comun, el granadino prefería ir solo conociendo ya, como conocia, el rollo que llevaban los valencianos, de modo que él decidió quedarse ese dia en Silleda y pasar la tarde en un conocido paraje con un bello salto de agua del que había oído hablar, los valencianos decidieron tirar y no comer y nosotros resolvimos finalmente, y tras tomar un refresco en aquella terraza en conjunto, que buscariamos un restaurante baratito para papear.

    Nuevamente nos despedimos y callejeando por las calles de Silleda dimos con un restaurante sencillo donde comimos de lo lindo, el dueño del local nos habló de la cascada de Silleda y nos aseguró que deberíamos gastar toda la tarde para llegar hasta aquel lugar, de modo que decidimos no retrasar nuestro viaje y arribar a Santiago esta misma tarde, ya que solo nos quedaban unos 40 kilómetros. Tras reposar el condumio salimos del pueblo siguiendo las indicaciones de la Nacional 525 y continuamos por parajes muy parecidos a los que habíamos estado recorriendo durante la mañana. Hicimos un alto a unos 20km en el paso del rio Ulla, limite natural entre las provincias de Pontevedra y A Coruña, era un lugar realmente pintoresco, un valle precioso digno de ser responsable de un descansito, un respiro y una sesión fotográfica. Ya quedaban menos de 20km hacia nuestro destino y la agitación y la impaciencia crecían por momentos.

    Quiso la suerte que justo nos cruzaramos de nuevo con los valencianos que se incorporaban a la N525 provenientes de la AC260, avanzaban por estrechas y sombrías carreteras locales entre aldeas apiñadas y parecían conocer muy bien el aquel camino con cortas cuestas de gran pendiente, el líder del grupo advirtió que el iba para Santiago, que si queríamos seguirles podíamos hacerlo. Asi lo hicimos pero este individuo no parecia gustarle no ir en cabeza, como si de una carrera se tratase, y advirtiendo como el solo se picaba con nosotros decidimos despedirnos de nuevo, como digo, una pena, ya que sus dos acompañantes eran una muy agrandable compañía y hubieramos hecho buen equipo, de modo que pese a la belleza de aquel camino, lo abandonamos para continuar por la nacional, cada vez con más presencia de tráfico rodado, cada vez con viviendas más apiñadas y más numerosas y, como no, la subida que teníamos prevista no habia sido un error, entre numerosos enlaces y desvios de carreteras de circunvalación, entre el creciente volumen de trafico todo aquello era una pendiente hacia arriba, poco a poco todo se convirtió en un infierno de cemento, asfalto y hierro, habiamos llegado a los barrios periféricos de Santiago, que cómo no, son iguales que los de cualquier otra gran ciudad.

    Ibamos haciendo paradas para reagruparnos ya que mi impaciencia me hacia poner como escusa que deberíamos llegar antes de la puesta de sol para poder hacer fotos, de modo que me alejaba del mis compañeros en plena fuerte subida. Por fin entramos por una de las grandes avenidas de Santiago, ciudad que era victima de una saturación de trafico impresionante.

    Mientras rodabamos por las avenidas abarrotadas de Santiago siguiendo el carte de “centro ciudade” pinché. Si, sin mñas, mi rueda trasera estaba desinflada. No habíamos pinchado ninguno hasta ahora. Con toda la emoción de la llegada y un pinchazo momentos antes de entrar en la zona monumental de Santiago, no quería entrar a pie, de modo que inflamos la rueda para que me aguantase.

    Entramos en plazas y calles peatonales donde no se podía andar de la enorme cantidad de visitantes que paseaban por el casco histórico, callejeando pusimos pie por fin en la Plaza del Obradoiro. Nos felicitamos y nos aseguramos que esta no sería la única aventura que compartíriamos entre los tres, todo nos había ido bien, mantuvimos en todo momento una politica sincera y sensata en cada toma de elección y planificaciones a lo largo de todo el viaje y no habíamos necesitado debatir ninguna disputa.

    El sol se estaba poniendo de modo que hicimos algunas fotos de la catedral y del ambiente, que era muy activo, de aquella parte del mundo donde aun a esa ahora eran muchas las personas que se acercaban alli, ya fuera a pie, en bici o, como la inmensa mayoria, en coche.

    A los pocos minutos de estar en la plaza elucubrando cual podría ser la mejor planificacion para estos momentos una señora anciana se nos acercó para ofrecernos una habitación por 14 euros por barba. No sabiamos que aquella manera de proceder fuera típica en la ciudad, de modo que asintimos dubitatibamente, luego supimos que aquella oferta era una verdadera ganga.

    Seguimos a la señora y yo me perdí entre la multitud ya que la ciudad es una verdadera joya y admirando sus calles y sus momumentos perdí de vista la señora y a mis dos compañeros. Bueno, nada que no solucione la actual tecnología de telefonía movil.

    Aquella pensión era justo lo que necesitabamos. Nos duchamos y salimos a cenar con unos familiares de Fran que pasabn por allí sus vacaciones.

 

DIA 6: SANTIAGO A AEROPUERTO DE A CORUÑA

  
    Fue mala idea levantarse tan tarde aquella mañana, a las 10:00, cuando quisimos llegar a la oficinas donde se solicita la Compostela estaba abarrotado de peregrinos, pero aun asi, con más paciencia de la que habíamos necesitado para recorrer los 440km esperamos aquella inmensa cola. Mientras tanto nos informamos, en la misma recepcion de aquel edificio que medio de transporte nos venía mejor para volver a Madrid. Una sola recepción se encargaba de organizar los viajes de vuelta tanto por tierra como por aire. El autobus quedaba descartado ya que no se podia transportar bicicletas y resultó que para poder llevarlas en el tren era necesario adquirir el billete más caro que comprendía un camarote con cama donde se podía guardar la bici bajo la misma, lo bueno era que salia por la noche y la estación estaba a pocos metros del centro pero costaba lo mismo que el avión, 80€ presentando una fotocopia de la Compostela, lo bueno del avión era que solo tardaba una hora en llegar a Barajas y allí podría recogernos la mujer de Fran en su coche, lo malo del avión era que salia aquella misma tarde y el aeropuerto dista unos 13km cuesta arriba de modo que deberíamos partir de inmediato.

    Finalmente optamos por el avión aunque nos hubiera gustado disfrutar más tiempo de la ciudad, pero, por otro lado esto era imposible, ya que era tal la cantidad de visitantes que acogía la ciudad que hubiera sido muy dificil verlo todo. Nos despedimos de la catedral y salimos de la ciudad rumbo Lugo. Había que tener especial cuidado en no tomar las indicaciones de Lugo de los carteles azules, ya que llevan a una autopista de peaje y se puede ir por la antigua nacional 634 que es una carretera convencional.

    Se nos hizo larga la subida y esos 14 kilometros. Fran llevaba la ropa de paseo ya que la pereza quiso que ninguno de los tres lavaramos la ropa que llevabamos sucia y nos creimos que despues de hacer 440 km, aquellos 14 iban a ser solo un paseo. Todas estas ideas negativas desaparecieron cuando llegamos a la terminal con el unico problema de haber pinchado yo de nuevo en los ultimos metros.

    El aeropuerto de Santiago es pequeño y agradable y la chica que nos atendió en el check in fue muy amable. Tuvimos que facturar las bicicletas desinflando las ruedas y desmontando la delantera, atamos todo con cinta de embalar y las alforjas por separado haciendo con ellas una bola gracias a los pulpos de enrollandola de modo ingenioso, las bolsas que van sujetas a la bici se pueden sujetar con la cinta de embalar o llevarnos algunas como equipaje de mano (salvo las herramientas), dejamos las bicis en las cintas y aunque indicaban más peso del permitido, la empleada hizo la vista gorda. Durante el vuelo no podiamos dejar de pensar y dudar si nuestras bicis estaban volando en este mismo avión y de cómo las habrían tratado. Sin problemas, en Barajas llegaron exactamente igual que cuando las dejamos en aquella cinta transportadora del aeropuerto de Santiago. Parece imposible, hace tan solo una hora estabamos a cientos y cientos de kilometros de casa, y estar en Barajas era como haber llegado a tu propio barrio, en tan solo, 60 minutos.

    Recogimos las bicis tal cual estaban y las pusimos una encima de otra sobre uno de esos carritos y nos dirigimos a la salida donde la mujer de Fran nos estaba esperando. Peso a la enorme magnitud del aeropuerto de Barajas comparado con el de Santiago dimos por fin con el aparcamiento exterior y nos azotó el fuerto sol y el calor que casi habíamos olvidado propio de la ciudad de Madrid durante estas fechas.

    Ya solo hubo que colocar las bicis sobre la baca y marchar a nuestra preciosa y bellísima villa de Parla que tantas ganas teniamos de volver a ver…

    Por fin en casa la sensación es de que esos dias han sabido a poco, quizas una ruta demasiado sencilla y con muchas facilidades, pero para empezar esta bien. Sin duda esta aventura no sera la única.

Y asi fue, hoy en 2012 nuestra trayectoria de viajes nos permite disfrutar mucho de los parajes que recorremos, ¡aun quedan muchos viajes por hacer y muchas rutas por recorrer!
 



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